VEINTE DÍAS DESPUÉS DEL ASALTO MIGRATORIO A CEUTA, EL GOBIERNO PARECE HABER SUSTITUIDO LA SOLUCIÓN POR EL RELATO. DONDE DEBÍA HABER RETORNOS, PROCEDIMIENTOS Y COOPERACIÓN CON MARRUECOS, APARECEN CAMPAMENTOS PROVISIONALES QUE CONVIERTEN LA EMERGENCIA EN PAISAJE Y LA EXCEPCIONALIDAD EN RUTINA. Y EN TODO ESTO SURGE UNA PREGUNTA FINAL..
Hay algo profundamente revelador en la respuesta del Gobierno de Pedro Sánchez a la crisis de Ceuta: cuando una situación exige resolver, el Ejecutivo parece preferir administrar el problema. Y cuando el problema puede convertirse en munición política, mejor todavía.
El Gobierno ha encontrado una palabra amable para una realidad incómoda: «dispositivos de atención humanitaria»
Han pasado veinte días desde el extraordinario asalto migratorio -invasión de nuestro territorio en palabras de Sánchez- que desbordó la ciudad autónoma. La inmensa mayoría de quienes entraron ya ha regresado a Marruecos, pero miles permanecen todavía en Ceuta, entre ellos más de dos mil menores identificados. Y mientras la ciudad soporta una presión para la que sencillamente no está dimensionada, el Gobierno anuncia ahora la instalación de cuatro dispositivos temporales con capacidad para unas 1.500 personas, que puede ampliar hasta 4000, según las últimas noticias.
El Gobierno ha encontrado una palabra amable para una realidad incómoda: «dispositivos de atención humanitaria». Antes fueron «espacios de acogida». El lenguaje político siempre tiene la virtud de convertir lo incómodo en aceptable. Pero un campamento sigue siendo un campamento aunque se le cambie el nombre.
No pretendo comparar estas instalaciones con los campos de exterminio nazis —la comparación sería sencillamente obscena—, sino llamar la atención sobre una tradición histórica mucho más amplia: la de concentrar temporalmente a grupos humanos en espacios determinados con el argumento de atender una emergencia y terminar convirtiendo lo provisional en permanente. Los exiliados españoles de 1939 conocieron en el sur de Francia aquella lógica de concentración, en condiciones que hoy nos resultan estremecedoras.
La pregunta, por tanto, no es dónde meter a quienes han llegado a Ceuta, sino por qué el Gobierno no está haciendo todo lo posible para resolver su situación.
Y aquí aparece la cuestión que Bruselas acaba de poner encima de la mesa. La Comisión Europea ha confirmado que el Derecho de la Unión permite el retorno a Marruecos de quienes entraron irregularmente, incluidos los menores no acompañados, siempre que se respete su interés superior y se cumplan las garantías previstas por la normativa europea. Marruecos, además, está reclamando la readmisión.

Eso no significa, naturalmente, que pueda realizarse una devolución colectiva o automática, lo sé sobradamente porque llevo décadas llevando asuntos de menores no acompañados. También conozco plenamente que el Tribunal Supremo dejó meridianamente claro, al pronunciarse sobre las devoluciones de 2021, que cada menor requiere un procedimiento individual, información, audiencia cuando proceda e intervención del Ministerio Fiscal. Y nada impide la aplicación de ciertos aspectos de la normativa que tratan de ocultar en este momento. Por eso afirmo que una cosa es respetar escrupulosamente la ley y otra muy distinta utilizar las dificultades jurídicas como coartada para no hacer nada. Porque alternativas existen.
Existe la identificación individual. Existe la reclamación formal de Marruecos. Existe el marco europeo. Existe la posibilidad de comprobar las circunstancias familiares de cada menor. Existe la cooperación bilateral -según han cacareado Albares y todos y cada uno de los ministros que han pasado por el fotocall ceutí demostrando su inoperancia como poco-. Y existe, sobre todo, la obligación del Estado de no convertir a Ceuta en un gigantesco depósito humano mientras se decide qué hacer.
Lo que no parece existir es la voluntad política de cerrar rápidamente el episodio. Es donde la cuestión deja de ser exclusivamente migratoria para convertirse en política. Sánchez sabe que Ceuta es mucho más que una ciudad autónoma; que es frontera exterior de España y de Europa, territorio especialmente sensible y escenario perfecto para construir relatos enfrentados. De un lado, quienes denuncian la presión migratoria son presentados como sospechosos de xenofobia. Del otro, quienes reclaman una política migratoria ordenada pueden ser tentados por discursos de ruptura y exclusión.
Lo que no parece existir es la voluntad política de cerrar rápidamente el episodio.
El Gobierno parece haber descubierto que un problema sin resolver puede resultar más útil que un problema resuelto.
Es una polarización políticamente rentable, perfectamente diseñada por el gurú Diego Rubio, su Director de Gabinete, que demuestran, otra vez más, que el Gobierno parece haber descubierto que un problema sin resolver puede resultar más útil que un problema resuelto.
Mientras tanto, Ceuta paga la factura. Sus servicios públicos soportan una presión extraordinaria; sus ciudadanos contemplan cómo una situación excepcional empieza a adquirir apariencia de normalidad; y el Gobierno responde colocando campamentos. Auténticos «campos de concentración del sanchismo», capaz de todo por buscar la confrontación en beneficio propio.
Se trata de que el Estado ejerza su autoridad dentro de la ley
No se trata de expulsar a nadie sin garantías. No se trata de ignorar a menores vulnerables. No se trata de abandonar a seres humanos a su suerte. Precisamente lo contrario. Se trata de que el Estado ejerza su autoridad dentro de la ley, que utilice los instrumentos que Europa reconoce y alcance acuerdos con el país de procedencia.
Lo verdaderamente inhumano sería convertir la emergencia en permanencia, porque los campamentos pueden ser necesarios durante una emergencia. Lo que no puede convertirse en política de Estado es vivir permanentemente dentro de la emergencia.
Y mientras el Gobierno levanta campamentos que se presentarán como poco como de “refugiados”, también está construyendo otra cosa que es lo único que hace bien: un relato. Uno en el que la solución deja de ser una obligación y la crisis se convierte en una herramienta de confrontación. Ceuta no necesita relatos. Necesita que el Estado vuelva a hacer su trabajo. No obstante, entre todo lo que está sucediendo realmente surge una pregunta abierta: ¿Dónde está el PSOE auténtico, el de los ideales, el que fue?, porque hasta ahora que se sepa sólo un único cargo ceutí ha reclamando recuperar los principios que eviten los campos de concentración que levanta el sanchismo como única respuesta material a lo que vivimos.





