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Historia y Patrimonio

Cuando Granada tiembla

Una historia de terremotos, miedo y supervivencia desde la Antigüedad hasta nuestros días

César Girón
Granada tiembla


GRANADA VIVE SOBRE UNA TIERRA INQUIETA. DESDE LA ANTIGÜEDAD, LOS TERREMOTOS HAN ACOMPAÑADO LA HISTORIA DE LA CIUDAD Y DE SU VEGA, DEJANDO TRAS DE SÍ DESTRUCCIÓN, MIEDO Y MEMORIA. EL GRAN SEÍSMO DE 1884 PERMANECE COMO SU EPISODIO MÁS TERRIBLE. TAMBIÉN EL DE ALBOLOTE DE 1956, SOBRE LOS QUE YA TRATAREMOS CON MÁS DETALLE.

Una tierra aparentemente tranquila

Granada en estos días está siendo nuevamente noticia por razón de los terremotos. La imagen serena del Darro y el Genil, la calma de la Vega y la monumentalidad de Granada no hacen sospechar que bajo nuestros pies se esconde una tierra en permanente movimiento. Los ríos pueden desbordarse y la tierra puede estremecerse. Los granadinos lo sabemos bien: de vez en cuando, el suelo tiembla de manera perceptible y, aunque afortunadamente son los menos, en ocasiones lo ha hecho con una violencia devastadora.

Granada y buena parte de los municipios de su entorno se encuentran en una de las zonas sísmicas más activas de la península Ibérica. La actividad afecta especialmente a las provincias de Granada, Málaga y Almería y al mar de Alborán, en una extensa zona de contacto entre las placas tectónicas europea y africana.

La nuestra no es una provincia dormida sino que es una de las áreas sísmicas más activas de la península.

La propia configuración de la depresión granadina explica en buena medida esta inquietud. Una importante línea sismotectónica se extiende aproximadamente entre Loja y Granada, siguiendo el curso del Genil. En sus proximidades se encuentran algunos de los principales focos sísmicos históricos de la comarca, como los de Santa Fe y Sierra Elvira.

La depresión está formada por numerosos bloques relativamente pequeños y desequilibrados, alineados a ambos lados de una gran falla longitudinal de dirección este-oeste. La consecuencia es una actividad sísmica prácticamente constante, aunque la mayoría de los movimientos sean de escasa intensidad y pasen inadvertidos para la población.

Los primeros temblores de la memoria

La inquietud sísmica de Granada viene de muy lejos. Algunos autores han querido situar terremotos incluso en épocas anteriores a la dominación romana, aunque las noticias son demasiado imprecisas para conocer con seguridad su alcance.

El primer gran episodio relacionado con el territorio granadino que aparece en las fuentes históricas se remonta al año 365. El 21 de julio de aquel año, un violento terremoto provocó un maremoto en el Mediterráneo que alcanzó las costas de la actual provincia de Granada.

El cronista Aniano relata cómo el mar pareció hervir y cómo las playas de Almuñécar y de la costa de Motril quedaron momentáneamente en seco, cubiertas de peces. Horas después, las aguas regresaron con enorme violencia. Los barcos que habían quedado varados fueron arrastrados y terminaron estrellándose contra edificios de las antiguas ciudades de Sexi y Salambina y contra los acantilados próximos.

Muchos siglos después, en 1431, durante el reinado de Muhammad VII, los cronistas árabes dejaron constancia de otro terremoto de considerable violencia que provocó víctimas y daños materiales en Granada.

Después, durante buena parte de los siglos XV, XVI y XVII, las noticias son mucho más escasas. Pero el silencio de las fuentes no significa necesariamente que la tierra permaneciera tranquila. Sencillamente, conocemos peor la vida cotidiana y las catástrofes de aquellos siglos.

El miedo de una emperatriz

Una de las historias más curiosas relacionadas con los terremotos granadinos se produjo en 1526, durante la estancia en Granada del emperador Carlos V y de la emperatriz Isabel de Portugal.

El emperador había llegado a contemplar la posibilidad de establecer en Granada la sede permanente de la corte. Sin embargo, los frecuentes temblores que se produjeron durante aquella estancia provocaron tal temor en la emperatriz que el proyecto terminó abandonándose.

La mentalidad de la época buscaba también explicaciones a fenómenos que la ciencia todavía no podía comprender. Así nació la leyenda del pozo Ayrón, mencionado por Bermúdez de Pedraza y Henríquez de Jorquera, una supuesta construcción destinada a liberar de las entrañas de la tierra los «malignos vientos» que, según se creía, provocaban los terremotos.

Durante siglos, los granadinos buscaron en las entrañas de la tierra la explicación de unos temblores que todavía no podían comprender.

En 1680, durante la regencia de Mariana de Austria, Granada sufrió una prolongada secuencia sísmica que agravó todavía más una situación ya marcada por el hambre y las epidemias. La tierra, una vez más, se convirtió en un factor añadido de sufrimiento para una población acostumbrada a convivir con la incertidumbre.

El siglo XVIII: una ciudad que aprende a recordar

Es en el siglo XVIII cuando comenzamos a disponer de testimonios mucho más abundantes. El desarrollo de la prensa, la proliferación de publicaciones y el mayor interés por recoger los acontecimientos cotidianos permiten reconstruir con bastante más detalle algunos de los grandes episodios sísmicos.

En 1715 se produjo un terremoto que ocasionó numerosas víctimas y daños tanto en Granada como en localidades de la zona de la Alfaguara, entre ellas Güevéjar. También fueron importantes los movimientos registrados en 1748, 1778 y 1790.

Pero ningún terremoto del siglo XVIII alcanzó la repercusión internacional del de Lisboa de 1755. La destrucción de la capital portuguesa conmocionó a toda Europa y el temblor se dejó sentir con intensidad en Granada.

Especialmente significativa fue la secuencia sísmica de 1778. Durante meses se sucedieron los movimientos. Los días 5 de junio; 5, 23 y 24 de julio; 3 y 8 de agosto, y 7 y 11 de octubre se registraron nuevos temblores.

La serie alcanzó especial intensidad en noviembre. Un testigo presencial describió el movimiento del 13 de noviembre como una sacudida tan violenta que parecía querer arrancar la ciudad de sus cimientos. Duró apenas unos segundos, pero bastó para provocar daños en distintos edificios y hacer rodar algunos remates arquitectónicos.

Y aquello no terminó ahí. Los días 14, 15 y 18 continuaron registrándose nuevas sacudidas.

En 1778, Granada llegó a experimentar una sucesión de terremotos tan prolongada que el miedo se convirtió en parte de la vida cotidiana de la ciudad.

1884: la noche de Navidad que cambió Granada

El siglo XIX sería especialmente calamitoso. Los terremotos de 1801, 1806, 1826, 1855, 1863, 1871, 1873, 1884 y 1897 dejaron constancia de que la amenaza seguía presente.

Pero ninguno puede compararse con el gran terremoto de la noche del 25 de diciembre de 1884. A las nueve y diez minutos de la noche, mientras muchas familias celebraban la Navidad, la tierra comenzó a temblar con una violencia extraordinaria. Granada sufrió importantes daños, pero la devastación fue especialmente terrible en numerosos pueblos de la provincia y de su entorno.

Arenas del Rey, Santa Cruz de Alhama, las Albuñuelas y Jayena quedaron prácticamente reducidos a escombros. También resultaron gravemente afectados Alhama, Ventas de Zafarraya, Zafarraya, Béznar, Chite, Talará, Murchas, Cozvíjar, Nigüelas, Játar, Restábal, Dúrcal, Güevéjar, Loja, Chimeneas y La Malahá, entre otras localidades.

La prensa de la época, y particularmente El Defensor de Granada, relató minuciosamente la tragedia. Las cifras permiten comprender la magnitud del desastre: 828 muertos, 1.164 heridos y 3.287 viviendas particulares y 63 edificios públicos destruidos. Las pérdidas económicas ascendieron a 10.406.872 pesetas, una cantidad extraordinaria para la época. Pero detrás de aquellas cifras había miles de personas que habían perdido sus casas, sus bienes y, en muchos casos, a sus familiares.

Una provincia entera bajo los escombros

La ayuda tardó en llegar. Las malas comunicaciones, el aislamiento de muchas de las poblaciones afectadas y la pobreza hicieron todavía más dramática la situación. Durante meses se sucedieron las peticiones de auxilio.

La destrucción fue tan completa en algunos lugares que hubo que reconstruirlos prácticamente desde cero. En Jayena llegó a levantarse un pueblo entero de madera para alojar temporalmente a sus habitantes.

En Granada capital, numerosos vecinos tuvieron que pasar meses en improvisadas chozas construidas con ramas o en tiendas de campaña instaladas en plazas y espacios abiertos, incluso durante el duro invierno.

El terremoto de 1884 no fue solamente una catástrofe natural: fue también una tragedia social que dejó a miles de granadinos sin casa y sin recursos.

La dimensión de la tragedia alcanzó tal magnitud que el propio rey Alfonso XII viajó en enero de 1885 por las localidades afectadas acompañado de ministros y altos cargos. Su presencia quedó como uno de los episodios más recordados de aquella catástrofe.

Y hubo escenas que hoy pueden resultar sorprendentes. El terremoto provocó también el pánico entre los presos del presidio de Granada. Al producirse la primera sacudida, los reclusos se amotinaron y exigieron salir de sus celdas. Ante la negativa de los funcionarios, derribaron dos puertas.

Finalmente se les permitió permanecer en los patios durante aquella noche y buena parte del día siguiente, mientras el edificio quedaba bajo vigilancia de las fuerzas de seguridad.

El siglo XX: de la catástrofe al conocimiento científico

Con el siglo XX llegó también una nueva manera de observar y estudiar los terremotos. La estación sismológica del Observatorio Geofísico de Cartuja comenzó a registrar de manera sistemática la actividad sísmica de la provincia. El número de movimientos registrados permite comprender hasta qué punto la tierra granadina continúa en permanente actividad.

Durante el siglo se sucedieron numerosos episodios, entre ellos los de 1911, 1918 y, especialmente, la gran serie sísmica de 1956.

El 19 de abril de aquel año se produjo uno de los terremotos más destructivos de la historia reciente de Granada. El movimiento, registrado a las 18 horas y 38 minutos, alcanzó una intensidad extraordinaria y afectó gravemente a Albolote y Atarfe, además de causar importantes daños en algunos barrios de Granada.

El balance fue de siete muertos y sesenta heridos graves, además de unos ocho millones de pesetas en daños.

La actividad no terminó aquel día. La secuencia se prolongó hasta el 3 de julio y durante ese período se sucedieron numerosos movimientos.

El terremoto de 1956 recordó a una nueva generación de granadinos que la amenaza sísmica no pertenecía al pasado.

Los temblores que todavía recordamos

Durante las décadas de 1960 y 1970 volvieron a producirse terremotos considerables. Especialmente recordada es la secuencia de 1979, que se prolongó durante varios meses y provocó movimientos suficientemente fuertes como para que numerosos granadinos abandonaran temporalmente sus viviendas.

El Salón, la Ribera del Violón y descampados del Zaidín y la Chana se convirtieron entonces en lugares de refugio improvisados. La experiencia del miedo colectivo volvió a repetirse.

Durante los años ochenta y noventa continuaron registrándose terremotos y largas secuencias sísmicas. Algunos fueron percibidos incluso en lugares donde habitualmente resulta difícil apreciar los movimientos del terreno.

Afortunadamente, estos episodios no produjeron víctimas mortales, aunque sí ocasionaron daños materiales de cierta consideración.

Ya en el siglo XXI, los terremotos de 2001 y 2003 llegaron a alcanzar magnitudes de 4,2 en la escala de Richter. La última secuencia o enjambre sísmico tuvo lugar en 2021. Y en estos días confirmando que la historia no se repite pero rima, como diría Twain, la historia sísmica de Granda continúa.

Una tierra que nunca ha dejado de temblar

Granada ha aprendido a convivir con una realidad que forma parte de su propia naturaleza geológica. La ciudad puede parecer tranquila, monumental e inmóvil, pero bajo sus calles continúa actuando una tierra cuya actividad ha acompañado a los granadinos desde hace siglos.

Los terremotos forman parte de la historia de Granada tanto como sus monumentos, sus ríos o sus paisajes. Han condicionado decisiones políticas, provocado migraciones, destruido pueblos, alterado la vida cotidiana y dejado recuerdos que han pasado de generación en generación. Y también, han cambiado nuestra manera de comprender el territorio.

Hoy disponemos de instrumentos científicos capaces de detectar y registrar movimientos que nuestros antepasados apenas podían explicar. Pero hay algo que no ha cambiado: cuando Granada tiembla, la ciudad vuelve a recordar que su aparente quietud es solamente eso, una apariencia.

Granada puede olvidar durante años los terremotos, pero nunca puede olvidar que vive sobre una tierra que tiembla.

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