¿Cuántas veces has apagado la radio o la tele con la sensación de haber aprendido algo útil sobre cómo funciona tu país? ¿Y cuántas te has levantado del sofá con el estómago encogido, entre la rabia y el triunfo, porque «el nuestro» le ha dado un buen corte «al de enfrente»?
A todos nos pasa. Es humano, casi un reflejo: nos gusta sentir que los nuestros tienen razón y que el contrario se ha quedado sin argumentos. El problema es que hemos convertido ese ritual en costumbre y hemos cambiado el juicio sereno por un vodevil político que no se acaba nunca. Un espectáculo pensado para tenernos pegados a la pantalla que, si nos descuidamos, se vendrá con nosotros a votar en las elecciones generales del 29 de noviembre.
El negocio de vendernos nuestra propia rabia
Conviene decirlo sin rodeos: las tertulias que nos acompañan en el atasco de la mañana o en la sobremesa no están hechas para ayudarnos a pensar mejor. Mandar a periodistas a investigar durante meses en qué se gasta cada euro de un hospital o de una obra pública cuesta mucho tiempo y mucho dinero.
Nos venden certezas en píldoras de dos minutos y nos cobran caro.
Sentar a cuatro opinadores fijos a reaccionar ante el titular incendiario del día sale muchísimo más barato. La fórmula suele repetirse: opiniones previsibles repartidas por bandos, un moderador que echa leña cuando el tono baja y la pausa publicitaria justo antes de lo bueno.
No buscan acuerdos, ni matices, ni la verdad. Buscan que no cambies de canal. Y han descubierto que nuestra necesidad de pertenecer a una tribu, de sentir que no somos los únicos que pensamos así, es un filón. Nos venden certezas en píldoras de dos minutos y nos cobran caro: nos quitan las ganas de pararnos a dudar.
El que nunca duda no es el que más sabe
Hay una trampa en la que caemos con mucha facilidad: confundir al que habla bien con el que sabe.
Ningún problema real de tu día a día cabe en el zasca de un tertuliano.
En un plató, el que duda está perdido. Si alguien dice «este asunto es complejo, los datos no son concluyentes y cualquier decisión tendrá costes», parece débil o aburrido. El que suelta la frase rotunda con voz firme, en cambio, parece saber hacia dónde va el mundo. Nos dejamos llevar por esa seguridad porque la incertidumbre nos incomoda.
Pero gobernar no se parece en nada a ganar un debate a gritos. Sostener las pensiones, cuadrar las cuentas públicas, legislar sobre vivienda o financiar una sanidad que después gestionan las comunidades autónomas exige paciencia, rigor técnico, capacidad de pactar y mucha letra pequeña. Ningún problema real de tu día a día cabe en el zasca de un tertuliano. Quien mejor queda en televisión no es quien mejor va a resolver tus problemas; es quien mejor se ha aprendido su papel.
La vida real no se juega en un plató
Lo que importa en las tertulias y lo que te importa a ti rara vez coincide. Mientras las mesas de debate dedican días enteros al gesto de un diputado, a una filtración interesada o a una frase sacada de contexto, lo que de verdad pesa en tu futuro se queda al fondo: lo que cuesta una vivienda que tus hijos no pueden pagar, las facturas que no cuadran a fin de mes, lo que tarda en verte un especialista o la soledad con la que envejece tanta gente en nuestros barrios.
Eso no da audiencia inmediata porque no se presta a peleas de trinchera. Preocupa, exige rigor y no tiene respuestas fáciles. Por eso se aparca. Y si dejamos que sean los platós quienes decidan de qué se habla, el 29 de noviembre votaremos por agravios fabricados en vez de por soluciones.
Tu voto es una decisión, no un aplauso
El 29N nadie te pide que pongas nota a un orador, ni que premies al que te hizo gracia en la radio o castigues al que te cayó mal en la tele. No estás en la grada.
Lo que tú decidas con tu papeleta se queda contigo hasta cuatro años.
Votar bien exige apagar el ruido, aunque sea un rato. Leer los programas con calma, mirar qué ha hecho cada partido cuando le ha tocado gestionar de verdad y preguntarte, sin intermediarios: ¿qué proyecto cuida mejor de los míos y del lugar donde vivo?
Cuando se apagan los focos, los tertulianos recogen sus papeles, bromean entre bastidores y se van a casa. El decorado se desmonta en minutos. Lo que tú decidas con tu papeleta se queda contigo hasta cuatro años, lo que dura como máximo una legislatura. Que nadie elija por ti en nombre del espectáculo.








