EL ARTÍCULO «LA ANDALUCÍA ORIENTAL», FIRMADO POR FERNANDO DE LOS RÍOS, FUE PUBLICADO EN EL DIARIO EL LIBERAL EL 9 DE MARZO DE 1918.
Este texto pertenece a la etapa intelectual previa a su protagonismo político en la Segunda República, cuando De los Ríos colaboraba habitualmente en la prensa liberal madrileña con artículos de reflexión cultural, regional y regeneracionista. Hay que situarlo en el contexto político e intelectual exacto (1917-1919) —muy interesante porque conecta con el debate sobre el regionalismo andaluz, krausismo y reforma del Estado— y sólo se comprende plenamente si se sitúa en el momento crítico que vive España entre 1917 y 1919, uno de los periodos de mayor crisis del sistema político de la Restauración y, al mismo tiempo, de intensa renovación intelectual.
Agotamiento
Tras la crisis de 1917 se denotó la situación de agotamiento de la Restauración, el régimen político nacido en 1876, entró en una crisis estructural simultánea que se manifestó en tres vertientes decisivas. Crisis militar, debido al cuestionamiento de la autoridad civil por las Juntas de Defensa; una crisis política impulsada desde Cataluña, por la Asamblea de Parlamentarios, que reclama reformas constitucionales; y una crisis social, profunda, derivada de la huelga general revolucionaria de agosto que mostró la ruptura entre Estado y movimiento obrero.
Tras la crisis de 1917 se denotó la situación de agotamiento de la Restauración, el régimen político nacido en 1876, entró en una crisis estructural simultánea que se manifestó en tres vertientes decisivas. Crisis militar, debido al cuestionamiento de la autoridad civil por las Juntas de Defensa; una crisis política impulsada desde Cataluña, por la Asamblea de Parlamentarios, que reclama reformas constitucionales; y una crisis social, profunda, derivada de la huelga general revolucionaria de agosto que mostró la ruptura entre Estado y movimiento obrero.
Es precisamente en este contexto cuando surge una generación que busca reformular España sin recurrir ni a la revolución violenta ni al inmovilismo conservador. Fernando de los Ríos forma parte central de ese intento y fruto de ello es el artículo que a continuación se transcribe.
La Andalucía oriental
No es fácil delimitar las Andalucías ; mas, constreñido a ello, y atendiendo a razones históricas, administrativas y hasta psicológicas, no vacilo en incluir a Jaén en el Oriente andaluz . Permítame el lector a modo de desliz esa alusión a una dualidad de carácter entre la Andalucía alta y la baja , ya que esa diversidad se refleja en las manifestaciones más íntimas del pueblo, pues si en pintura e imaginería, por ejemplo, ha existido escuela sevillana y granadina , lo mismo podría afirmarse de otros aspectos de la vida, de la cultura; es más, cualquier observador puede descubrir aun hoy en las Universidades respectivas de las dos grandes ciudades andaluzas rasgos que corresponden al distinto carácter de la región en que actúan.
Pero ese tema, saz sugestivo para el historiógrafo, no debe absorber por más tiempo el breve espacio de que podemos disponer, sino que deberemos contestar con premura y sin error al requerimiento amable de «El Liberal», el cual y articulado de este modo, a fin de facilitar la respuesta: ¿Cómo y mediante quiénes ha influido e influye en la vida española últimamente la Andalucía oriental?
No quisiera levantar con extremos propios de intelectuales lugar común la significación de lo que ha aportado al acervo histórico nacional la zona a que me refiero; y, para no incurrir en errores estimativos, preferible es subrayar la significación nacional de las personalidades que he de citar; ello bastará para acreditar primero la complejidad y profundidad de caracteres de esa región, y segundo, el valor intrínseco del esfuerzo histórico de algunos de sus más dilectos hijos.
Políticamente, la Andalucía oriental dio al hombre que inicia la transformación de Madrid y la vida de empresa: el marqués de Salamanca; y a poco, de ella salen dos figuras que, frente durante más de treinta años, representan dos ideales de la vida pública española a partir de la revolución: Cánovas y don Nicolás Salmerón. Teóricamente doctrinario el primero, en cuanto su pensar político estaba fuertemente influido por el pensamiento inglés, redacta la Constitución de 1876 con arreglo a esos principios; en oposición a él, don Nicolás formula cual un apóstol la irreductible tesis anarquista del Estado, que a la postre logra un triunfo parcial mediante la representación de las corporaciones económicas e intelectuales.
Cánovas y Salmerón eran en dos temperamentos radicalmente distintos dos concepciones de la vida y de la historia que chocaban en los momentos culminantes de la acción española como lo fue posteriormente, por ejemplo, la guerra de Cuba; Salmerón representó en aquel encuentro, como aconteció siempre, la visión dilatada, la sensibilidad histórica. Mas tarde, el estatismo centralista de Cánovas no le consintió tampoco darse cuenta del problema regionalista en su alborear; en tanto Salmerón, estimulado por su organización, lo vio con acuciada admiración. Cánovas y Salmerón tienen un rasgo común de carácter: ambos son hombres de programa. ¿Es acaso éste un rasgo que puede decirse que prevalece en la Andalucía oriental?
He aquí la respuesta negativa, simbolizada en la relevante personalidad de don Francisco Giner. ¿Podrá hacerse, sin analizar su obra, la historia de la España que vive hoy intelectualmente incorporada a Europa y colaborando en ella? Si Cánovas era de Málaga y Salmerón de Alhama, en la provincia de Almería, don Francisco Giner era de Ronda, tierra alta, tierra serrana, quebrada y magníficamente, donde igualmente nació el general don Antonio de los Ríos Rosas. Región cual la Andalucía oriental, que ofreció dentro de sus lindes contrastes de niveles perdurables y de cultivos tropicales, no es extraño que a su vez produzca hombres de tan variada gama psicológica.
Tal vez sea don Francisco Giner uno de los mejores para simbolizar la complejidad y riqueza del alma andaluza, iluminada por una fuerte apetencia intelectual, síntesis movida a menospreciar lo concreto, y su más grave problema educativo consiste en dominar las tendencias que, al criticar al espíritu movido por una dirección ideal, pugnan por desasir al individuo de la realidad concreta y circundante; el aquí y ahora relativo que difícil es hacer estimar esto al hombre andaluz. Mas porque don Francisco Giner lo consiguió en una medida superior, fue fundador y educador de educadores.
Matices de su personalidad rica, múltiple, son también rasgos preeminentes de uno de los hombres que más han influido en las generaciones maduras hoy intelectualmente; aludo al granadino Ganivet, quien mediante su «Idearium español» atrajo la atención de unos y otros sobre los problemas de psicología nacional. Historicista, subraya el valor creador de la raza y el estético de la tradición; y opone al racionalismo programático la vitalidad espontánea del espíritu; tal es la némesis de aquella figura relevante que tan fino hilo ideal tendió sobre la vida de España.
¿Será cosa de recordar a cuantos nacidos en la Andalucía oriental han representado o representan incorporación de un valor a la vida española? La tarea sería excesiva; mas, ¿cómo no mencionar a don Manuel Troyano, varón austero, que tanto influyó en la vida política del país en el desempeño de su sacerdocio periodístico; cómo omitir al profesor eminente que logró formar escuela entre los investigadores de historia; es decir, don Eduardo Hinojosa? ¿Y es posible silenciar la personalidad altísima de don Antonio Flórez de Lemus, formador de los economistas españoles y suprema garantía para cuanto se intente en la vida de la administración del país?
Arqueólogos del valor excepcional de Gómez Moreno; pintores cual Rodríguez Acosta, López Mezquita y Morcillo; críticos de arte como Orueta; geólogos de la significación internacional de don Domingo Orueta; educadores de tanta distinción espiritual como el señor Jiménez Fraud, director y creador real de lo que es hoy la Residencia de Estudiantes; todo ello, digo, muestra de modo harto evidente la fecundia de aquella tierra próvida. Tras los que son, viene una retaguardia juvenil llena de vivaces anhelos y presta a agrandar la llama de la antorcha que le entregan; así lo denotan las primicias de su labor. Del cotidiano vivir con esos jóvenes en la Universidad querida ha nacido mi esperanza firme en su mañana.
Fernando DE LOS RÍOS (De El Liberal, de Madrid.)
El artículo
Como fácilmente se concluye, el artículo se inserta en el momento intelectual del krausismo, el regeneracionismo y la europeización, que entre 1917 y 1919 domina en amplios sectores universitarios una preocupación fundamental, sobre la base de “cómo incorporar España a la modernidad europea”.
Es aquí donde aparece la influencia decisiva del krausismo y de la Institución Libre de Enseñanza, heredera de Francisco Giner de los Ríos —figura a la que el artículo rinde explícito homenaje― y que hace conlleva la identificación en el pensamiento de Fernando de los Ríos en estos años de una combinación del humanismo liberal, del socialismo ético no revolucionario, el reformismo educativo, el europeísmo cultural y de la convicción en que la universidad y la enseñanza como motores del cambio que demandaba la nación.
Cuando De los Ríos escribe sobre Andalucía oriental, no está haciendo un texto regionalista folclórico, sino algo muy característico del regeneracionismo tardío, en el que trataba de buscar en las regiones vivas las energías morales capaces de reconstruir España. Y una de ellas es indudablemente la de su región de nacimiento, el reino cristiano de Granada, al que él suma Jaén como explica en propio artículo, y que despacha de un plumazo
Andalucía como problema intelectual (no político)
Entre 1910 y 1920 emerge un debate nuevo: Andalucía deja de verse sólo como atraso económico y comienza a interpretarse como espacio creador de élites culturales. El artículo responde a una pregunta implícita del momento: ¿Puede España regenerarse desde sus periferias culturales y universitarias? Por eso De los Ríos enumera figuras inminentemente granadinas, indiscutiblemente granadinas, irremisiblemente granadinas como Ángel Ganivet, Eduardo Hinojosa, Flórez de Lemus (jienense), Gómez-Moreno o Jiménez Fraud (malagueño)… No pretende exaltar una identidad regional separada, sino integrada en el concepto de España y el contexto sentimental de adscripción territorial, demostrando que la modernización española ya estaba produciéndose desde núcleos intelectuales provinciales, especialmente desde Granada. Es una idea muy avanzada para la época y que España no se salvará sólo desde Madrid, sino desde una red cultural nacional.
El socialismo humanista de Fernando de los Ríos
En 1918 Fernando de los Ríos aún no es ministro ni dirigente republicano destacado, pero ya está definiendo su posición ideológica: militante del PSOE desde 1919 (muy poco después de escribir este artículo), distante del marxismo revolucionario, convencido de que la transformación social debe ser educativa y moral antes que violenta. Su famoso planteamiento posterior —“socialismo en libertad”— está ya contenido en este artículo: admiración por la cultura, centralidad del individuo, rechazo del dogmatismo, confianza en la juventud universitaria. La esperanza final depositada en los estudiantes anuncia el papel que la Universidad tendrá en la futura generación republicana.
Antesala de la Segunda República Entre 1917 y 1919 se está formando la élite intelectual que dirigirá España en 1931. Ortega y Gasset impulsa la renovación filosófica; Manuel Azaña madura su republicanismo; y Fernando de los Ríos evoluciona hacia un socialismo liberal democrático. El artículo pertenece exactamente a ese momento de gestación republicana, cuando aún se cree posible reformar España mediante cultura, educación y ética pública.

Significado profundo del artículo
“La Andalucía oriental” no es un texto regionalista ni costumbrista con el que se pretenda la segregación de nada, porque en ese momento España no estaba dividida en territorios autonómicos, pero sí es una afirmación de una identidad -no identitaria, valga el oxímoron― existente que con los años se valoraría y que con la autonomía de 1981 se negó hasta límites delictivos. El artículo por eso tiene ese valor de lo genuinamente real y que sobrevuela sobre la Andalucía inventada seis décadas después. El artículo es, en realidad, sobre lo ya señalado, una defensa del papel de las élites intelectuales, un homenaje al krausismo español, una crítica implícita al centralismo político estéril, un manifiesto de fe en la educación como regeneración nacional, como ya se ha dicho. Y también un elogio a la personalidad propia del sureste nacional que fue subyugado y amalgamado por el andalucismo ramplón nacido del sevillanismo militante de la década de los setenta del pasado siglo.
Cierto que el mensaje implícito de que España aún podía reformarse sin ruptura traumática si lograba unir cultura, libertad y justicia social, fue roto poco después por el colapso definitivo del sistema liberal ocurrido en 1923.
Regionalismo integrador
España sería entendida posteriormente por De los Ríos como “pluralidad cultural”. Así, en «La Andalucía oriental» aparece otra idea clave: “España no se construye anulando sus regiones, sino integrando sus energías culturales”. Un razonamiento que anticipa su posición republicana sobre el problema territorial, basado en el apoyo al autonomismo catalán, el reconocimiento de la pluralidad y el rechazo tanto del separatismo como del centralismo rígido.
La España ideal de De los Ríos no es uniforme, sino una nación articulada por la cultura común y la libertad política, que sería exactamente el espíritu generador de la Constitución de 1931.
La gran tragedia histórica
Leído hoy, lo más conmovedor del texto de De los Ríos es el optimismo final del artículo —la confianza en una juventud capaz de regenerar España— que pienso que pertenece al último momento de fe reformista antes de que el país entrara en una espiral de polarización que culminaría en la Guerra Civil.
Fernando de los Ríos representa precisamente la España que intentó evitar ese desenlace: liberal, socialista, culta y europeísta. Por eso muchos historiadores lo consideran la conciencia moral de la Segunda República.
Quizá lo más triste es que Fernando de los Ríos terminó siendo una figura casi olvidada pese a haber sido uno de los pensadores políticos más importantes del siglo XX español. Su desaparición de la memoria colectiva española constituye una de las paradojas más reveladoras de nuestra historia contemporánea. Porque no fue un personaje menor. Fue ministro, embajador, teórico del socialismo democrático y uno de los intelectuales más respetados de la Segunda República. Sin embargo, hoy ocupa un lugar mucho más discreto que otros contemporáneos.
Acaso si se hubiese valorado su pensamiento en el momento oportuno, tras el advenimiento de la Constitución de 1978 y el nacimiento del actual estado autonómico, otro futuro se habría producido. No se habrían inventado identidades incomprensibles que llevan a posicionamientos como el reciente de la Vicepresidenta del Gobierno, María Jesús Montero, que llevan a prometer cuestiones como una “ley de lenguas andaluzas”, reveladoras de un identitarismo tan desintegrador como falso, nocivo y peligroso y del invento de la actual Andalucía… nuestra gran tragedia… ¡Ay si don Fernando viviera!


