Opinión Política

BARCELONA Y EL PROGRESISMO DE SALÓN

Barcelona ha acogido —en una escenografía perfectamente reconocible del circuito político internacional—

César Girón

CUANDO LA DEMOCRACIA ES SIEMPRE LA DE OTRO TAL VEZ SEA MEJOR NO REUNIRSE (MARÍA CORINA MACHADO DIXIT) O CUANDO TODO GIRA A LA MAYOR GLORIA DEL SANCHISMO MILITANTE, HABRÁ QUE DECIR.

Barcelona ha acogido —en una escenografía perfectamente reconocible del circuito político internacional— una cumbre del autodenominado progresismo global auspiciada, según el relato oficial, por el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez. Una cita que reúne, en alegre convivencia ideológica, a figuras tan diversas como Gustavo Petro, Claudia Sheinbaum, Lula da Silva, Boric, Yamadú Orsi ―del que aún sabemos poco, pero que apunta maneras―, representantes del chavismo venezolano y el omnipresente José Luis Rodríguez Zapatero, convertido ya en embajador itinerante del entendimiento sin fronteras sin preguntas incómodas, como padre que fue de aquello que con no poca imaginación dio en llamar “Alianza de Civilizaciones”.

La escena, a medio camino entre la diplomacia multilateral y el festival ideológico de autoafirmación, habrá servido para reivindicar la democracia, los derechos sociales y la justicia global según el anfitrión. Todo ello con la solemnidad habitual de quienes defienden principios universales con la particular habilidad de adaptarlos al contexto nacional cuando les toca gobernar.

Porque si algo une a este variado elenco no es tanto una doctrina coherente como una extraordinaria capacidad para que la democracia sea siempre, la que conviene según el país donde se ejerce. Y si no, hagamos un breve análisis.

Pedro Sánchez: el arte de la síntesis infinita

Como hospedador, Pedro Sánchez ha ejercido de arquitecto del consenso progresista, ese arte contemporáneo que consiste en lograr que casi todo el mundo esté de acuerdo en algo… siempre que no se concrete demasiado.

Su modelo político, admirado por unos y cuestionado por otros, destaca por su flexibilidad narrativa: la democracia es pluralidad, salvo cuando la pluralidad complica la gobernabilidad; el diálogo es esencial, salvo cuando el diálogo se prolonga más de lo previsto.

En Barcelona, su mensaje ha sido claro: el progresismo es unión. La letra pequeña, como siempre, se negocia después, con cláusulas entre la demagogia militar y el bolchevismo-nacionalsocialista.

el diálogo es esencial, salvo cuando el diálogo se prolonga más de lo previsto

Gustavo Petro: revolución con manual de instrucciones en revisión

El presidente colombiano Gustavo Petro representa el ideal del cambio estructural permanente, ese en el que la transformación social es un horizonte tan necesario como inalcanzable.

Sus discursos, cargados de épica reformista, conviven con una realidad política compleja donde las promesas de transformación chocan con instituciones resistentes y una gestión que oscila entre la ambición histórica y la aritmética parlamentaria. Y, por supuesto, la sumisión perruna a Trump cuando ve marear la espada de Damocles sobre su cabeza.

En la cumbre, Petro ha recordado que la democracia es participación. Sus críticos añaden, con menos entusiasmo poético, que también es capacidad de ejecución de la antigua guerrilla.

Claudia Sheinbaum: la continuidad perfectamente administrada

Y dirigida por ese necio estructural que es López Obrador. La presencia de Claudia Sheinbaum aporta al encuentro una estética de eficiencia técnica y estabilidad política, como personaje de ficción entre lo azteca y lo judío centroeuropeo.

Su perfil combina gestión pública, disciplina institucional y una narrativa de continuidad que, para sus partidarios, garantiza coherencia; y para sus detractores, reduce el margen de pluralismo real dentro del sistema. Una cacareada co-galardonado de un Nobel al que le aportó la perspectiva de género en la contaminación del mar… ―realmente tan elocuente como ridículo―. Qué además dice que defenderá hasta el fin de su periplo político el legado ―caníbalocrático y sanguinario― de los pueblos originarios ―que no lo eran― de la antigua Mesoamérica, exigiendo que el rey de España pida perdón.

Claudia Sheinbaum, personaje de ficción entre lo azteca y lo judío centroeuropeo

En Barcelona, su intervención ha sido impecable, ordenada y previsiblemente alineada con el guion de un progresismo que se entiende mejor como administración que como ruptura, cuando ni se ha atrevido a criticar a Trump, con el que tiene acuerdos sumisos, siendo es incapaz de recordarle a la cara que Estados Unidos le robó dos tercios del territorio español en el Tratado Guadalupe-Hidalgo.

ni se ha atrevido a criticar a Trump, con el que tiene acuerdos sumisos

Lula da Silva: el pragmatismo convertido en biografía política

El veterano Lula da Silva encarna como pocos la tensión entre mito político y realidad institucional.
Figura central del progresismo latinoamericano, su trayectoria combina avances sociales indiscutibles con un pasado judicial que marcó profundamente su carrera y cuya interpretación sigue siendo objeto de debate político. Precisamente en un país del mundo, el suyo, donde la segregación racial sigue siendo un hecho palpable bajo su atenta mirada… sólo mirada, eh. Incapaz de hacer algo efectivo para poner fin a tal manifestación “fachosférica”.

Para sus defensores, es el ejemplo de la redención democrática; para sus críticos, el retrato de un poder que sabe adaptarse con extraordinaria resiliencia a los cambios de ciclo.

ha hecho una aportación fundamental diciendo que Trump hace política en tuits

En la cumbre, Lula ha defendido la negociación como esencia de la política. Sus detractores añadirían, seguro: también como método de supervivencia. Eso, sí, ha hecho una aportación fundamental diciendo que Trump hace política en tuits… pues como Pedro Sánchez.

El chavismo: la revolución como estado permanente

Pero no al originario estilo Troskista. La participación de representantes del chavismo venezolano introduce el elemento más incómodo del encuentro, aunque cuidadosamente integrado en el relato de la “diversidad progresista”.

Sus defensores hablan de soberanía popular y resistencia al intervencionismo. Sus críticos señalan un modelo en el que la concentración de poder, la debilidad institucional y la erosión de contrapesos han generado un sistema democrático de muy difícil encaje en los estándares liberales occidentales.

En el lenguaje de la cumbre, sin embargo, todo ello se resume en una palabra: proceso.

José Luis Rodríguez Zapatero: la diplomacia como fe en la conversación

Cierra el elenco el gurú, el gran pontífice, José Luis Rodríguez Zapatero, figura clave de la diplomacia progresista de largo recorrido, convencido de que todo conflicto político es, en esencia, un malentendido pendiente de conversación.

Sus detractores le reprochan una excesiva benevolencia con ciertos regímenes; sus defensores, una coherencia moral basada en el diálogo incluso cuando resulta incómodo.

En Barcelona, su papel ha sido el de lubricante ideológico: el que recuerda que siempre es posible seguir hablando… aunque no siempre sobre lo mismo; sólo sobre lo que a él interese… y si es con fondos públicos, mejor.

Gabriel Boric Font: el idealismo en tensión permanente

El chileno aporta al relato el componente generacional del progresismo latinoamericano contemporáneo: discurso de transformación estructural, sensibilidad social y énfasis en derechos.

La crítica habitual —en clave analítica, no caricaturesca— apunta a la distancia entre el impulso refundacional inicial y las limitaciones institucionales que han moderado su agenda. En otras palabras: el choque entre la épica del cambio y la aritmética parlamentaria.

En una cumbre como la descrita, su intervención encaja en la línea de un progresismo más deliberativo que ejecutor, donde la transformación es horizonte, pero no siempre calendario.

Yamandú Orsi: el progresismo de gestión y continuidad

Yamandú Orsi representaría el perfil más institucional y pragmático del espacio progresista regional. Su estilo político se asocia más a la administración del equilibrio que a la ruptura ideológica, dentro de la tradición del Frente Amplio uruguayo. Esto introduce una variante interesante en el relato: el progresismo no como revolución, sino como estabilidad con sensibilidad social.

el perfil más institucional y pragmático del espacio progresista regional

Orsi debe haber sido, porque nada he conseguido descubrir sobre su presencia, probablemente, el recordatorio incómodo de que gobernar también implica continuidad, moderación y gestión incremental.

La democracia como concepto itinerante es la conclusión, la imagen final que deja esta cumbrecilla solamente generada a mayor gloria de anfitrión, un demagogo inconmensurable, predicador de la democracia autocrática que es su modelo de gobierno. Una reunión de un progresismo global que se reconoce a sí mismo con entusiasmo, pero que rara vez se somete a la misma vara de medir cuando abandona el escenario internacional.

La democracia ha quedado dibujada como un lenguaje común, cuya gramática cambia discretamente según el país donde se conjuga el poder.

Y quizá ahí reside la mayor ironía de todas: que en nombre de la democracia se pueden celebrar encuentros en los que casi todos los asistentes están convencidos de defenderla mejor que los demás, mientras discrepan profundamente sobre qué significa exactamente practicarla. Tal vez por ello es razonable comprender como ha dicho María Corina Machado, “la cumbre de Barcelona muestra que la reunión con Sánchez no es conveniente”.

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