Elegía a Paco Andrés, maestro de la vida, del flamenco y de nuestra Semana Santa
Hay muertes que uno se resiste a aceptar. No porque no comprenda que la vida tiene un final, sino porque hay personas cuya ausencia parece imposible, cuya existencia se ha entretejido de tal manera con la nuestra que imaginar el mundo sin ellas constituye una forma de desgarro. Hoy ha muerto Paco Andrés, Curro para quienes tuvimos la fortuna de quererlo de verdad. Se ha marchado inesperadamente, a los 82 años, en Ruiz de Alda, sin poder superar una operación de corazón que aguardaba con preocupación, pero también con la esperanza de volver a vivir todo aquello que aún le quedaba por hacer. Y yo, que estuve con él hace apenas unos días, todavía no me lo creo.
El pasado domingo 13 estuve a su lado, en su habitación de hospital. Fui a animarlo, a arrancarle unas risas, a distraerlo de la inquietud que le producía la intervención que habría de comenzar al día siguiente, a primerísima hora. Entre chascarrillos y bromas, hablamos de la vida, de sus anhelos, de lo que añoraba y de cuanto deseaba hacer cuando superase aquella prueba. Casi me hizo un codicilo de sus sentimientos, una suerte de testamento íntimo de esperanzas y proyectos, como si necesitara dejar constancia de lo que todavía le aguardaba. Yo quería infundirle confianza, convencerlo de que todo saldría bien. No podía imaginar que aquella conversación, tan llena de vida, iba a convertirse en uno de los últimos regalos que me haría.
Curro se ha marchado sin que hayamos tenido tiempo de despedirnos. Y hay algo profundamente injusto en ello, aunque él, que fue un hombre de justicia y de principios, probablemente no habría querido que hablásemos de injusticia ante la muerte. Su vida fue un ejemplo de rectitud, honestidad y cumplimiento. Un hombre cabal, de convicciones firmes, de una fidelidad inquebrantable a sus principios cristianos y católicos, que orientaron cada una de sus decisiones. A veces, su firmeza podía confundirse con terquedad. Pero quienes lo conocíamos bien sabíamos que detrás de aquella aparente obstinación no había orgullo ni cerrazón, sino una noble aspiración a la perfección, un deseo casi artesanal de hacer las cosas bien, como debían hacerse, sin atajos ni concesiones. Curro no pretendía ser perfecto: aspiraba, sencillamente, a ser mejor. Y esa aspiración, sostenida durante toda una vida, explica buena parte de su grandeza.
Si tuviera que resumir en una sola palabra lo que fue Paco Andrés, no necesitaría un discurso, ni un catálogo de honores, ni una biografía interminable. Me bastaría una palabra antigua, hermosa y hoy tan escasa: bonhomía. Curro fue un hombre bueno, en el sentido más pleno, más profundo y más exigente de la palabra. Bueno en sus afectos, en su trato, en su manera de comprometerse y en su modo de entender la vida. Un hombre que honraba la palabra dada, que no abandonaba aquello que había contribuido a levantar y que permanecía junto a los suyos hasta el final. También hasta su último suspiro.
Granada le debe mucho. Y no se trata de una deuda retórica, de esas que se saldan con unas líneas apresuradas cuando alguien muere. Paco Andrés fue uno de los grandes artífices de la recuperación y engrandecimiento de nuestra Semana Santa desde 1977, una tarea a la que entregó su talento, su trabajo y una parte esencial de su existencia. La Medalla de Oro de la Ciudad de Granada, que recibió por su contribución sin igual, no fue una concesión protocolaria: fue el reconocimiento a una vida de entrega, a un hombre que ayudó a devolverle a Granada una parte sustancial de su identidad, de su memoria y de su emoción colectiva.
Fundador de hermandades y cofradías, Curro no se limitó a participar en ellas: las hizo nacer, las engrandeció y permaneció a su lado con una lealtad que solo la muerte ha podido interrumpir. La Concepción, nuestra Concha, y el Manuel, ocupan un lugar imborrable en su legado. Allí fundó el primer cuerpo de costaleros de nuestra historia, abriendo un camino que transformaría para siempre la forma de vivir y sentir nuestras procesiones. También el Nazareno, al que entregó su pasión y su trabajo, fue parte inseparable de su vida. No entendía las hermandades como una estación de paso, sino como una forma de pertenencia, de servicio y de fe. Para Curro, una cofradía no era solo una imagen, un paso o una estación penitencial: era una comunidad de creyentes, una familia y un compromiso que no se abandonaba.
Pero su magisterio no se detuvo en la Semana Santa. Fue también maestro de maestros en el mundo del flamenco y del Cante Jondo. Desde los años setenta hasta 2025, produjo discos bellísimos, obras en las que la hondura de la creación flamenca se encontró con la poesía de Federico García Lorca, con las raíces populares y con la emoción de nuestros villancicos. Supo escuchar, comprender y reconocer el alma de una música que no admite imposturas. Y, desde esa sensibilidad, contribuyó a preservar y engrandecer un patrimonio cultural que forma parte de lo más hondo de nuestra identidad. Su obra permanecerá ahí, viva, sonando cuando nosotros ya no estemos, recordándonos que el talento, cuando se pone al servicio de la belleza, también es una forma de generosidad.
Y, sin embargo, por encima de todos sus méritos, de sus reconocimientos y de su extraordinaria aportación a Granada, hoy me duele el amigo. El Curro de mi adolescencia, el compañero de tantas experiencias compartidas, el hombre con quien he recorrido tantos caminos y con quien mi familia y yo hemos vivido momentos que ya forman parte de nuestra historia. Hoy no me basta con recordar al maestro, al cofrade, al flamenco, al hombre bueno al que Granada honró. Hoy necesito hablarle a mi amigo, aunque sé que ya no podrá escucharme.
Su última saeta en nuestra Semana Santa la cantó al Cristo del Silencio desde el balcón de mi casa, en la Madrugada del Viernes Santo. Me lo recordó el pasado domingo, en aquella habitación de hospital, como quien guarda un tesoro y sabe que debe compartirlo. No podía imaginar entonces que aquella saeta iba a convertirse, para mí, en una despedida. Ahora sé que cada Madrugada, cuando el Silencio vuelva a pasar ante mi balcón, escucharé su voz en el recuerdo. Y que, entre el rumor de los pasos y el estremecimiento de la saeta, habrá un instante en el que volveré a buscarlo, como tantas veces, con la certeza dolorosa de que ya no estará allí.
Quisiera escribir para Curro una elegía como la que Miguel Hernández dedicó a Ramón Sijé. Quisiera tener su fuerza, su desesperación y su capacidad de convertir el dolor en palabras. Siento el mismo deseo imposible de abrazar al amigo muerto, de desamordazarlo y desamortajarlo, de arrancarlo de las garras de la muerte y devolverlo a la vida, aunque solo fuera por un instante, por un último abrazo, por una conversación más, por una de esas risas que hoy se me han quedado detenidas en la memoria. Pero no soy Miguel Hernández y mi dolor, por inmenso que sea, apenas alcanza a balbucear lo que el corazón se niega a aceptar.
Podría escribir un tratado entero sobre la vida honorable de Paco Andrés. Podría enumerar sus obras, sus fundaciones, sus reconocimientos y sus incontables aportaciones a Granada. Podría reconstruir una biografía ejemplar, llena de hechos que merecerían ser conocidos y recordados. Pero hoy no tengo fuerzas para tanto. Hoy solo puedo decir que se ha marchado un hombre bueno. Un hombre cabal. Un amigo entrañable. Un hombre cuya vida fue una lección de honradez, de fe, de compromiso y de amor por aquello en lo que creía.
Curro, ya no te veré. No volveré a encontrarte en la Madrugada del Viernes Santo, ni volveré a esperarte en mi balcón, ni podré compartir contigo otra de esas conversaciones que parecían no tener final. Me quedo con tu última visita, con tus palabras, con tu preocupación y con la esperanza que intenté transmitirte. Me quedo con tu voz, con tu amistad y con la inmensa fortuna de haberte tenido a mi lado desde la adolescencia hasta hoy.
Gracias por tanto, Paco. Gracias por formar parte de mi vida y de la de mi familia. Gracias por todo lo que nos diste, por lo que compartimos y por lo que nos enseñaste sin necesidad de pronunciar grandes discursos. Contigo se marcha una parte de mi corazón, pero no te llevarás lo que sembraste en él. Eso permanecerá aquí, entre nosotros, mientras seamos capaces de recordar y de querer.
Y cuando el Silencio vuelva a recorrer Granada, cuando la saeta vuelva a elevarse desde mi balcón hacia el Cristo, volveré a buscarte. Y, aunque no pueda verte, sabré que una parte de ti sigue allí, en esa voz que el tiempo no podrá borrar, en esa Madrugada que ya será para siempre tuya y nuestra.
¡Paco, te has marchado sin que todavía pueda creérmelo!
Descansa en la paz de Cristo, Curro querido. Que el Señor, a quien serviste con tanta fe y fidelidad, te reciba en su gloria. Y que la Virgen de la Concepción, tu Concha, te acompañe en el último camino.
Hasta siempre, amigo mío. No abandonarás jamás mi corazón.






