Opinión Política

DE GORDON GEKKO A DONALD TRUMP

En 1987, Oliver Stone estrenó Wall Street con la intención de denunciar los excesos de un capitalismo…

César Girón

CON TRUMP EN LA CASA BLANCA SE HAN MATERIALIZADO LOS ANHELOS DE OLIVER STONE EN WALL STREET, DE MODO QUE LA CODICIA HA DEJADO DE SER UN PERSONAJE PARA CONVERTIRSE EN UNA FORMA DE HACER POLÍTICA


Los primeros días de vacaciones siempre los aprovecho para ultimar lo que siempre está pendiente de finalizar y volver a ver algunas viejas películas que a lo largo del año voy aplazando por distintas razones. Este año una de las pendientes era Wall Street, que puse en la lista hace unos meses cuando leí a Emmanuel Todd, el sociólogo francés que escribió Después del imperio (2003) en el que se equivocó «casi» mucho, pero en el que traza la posible aparición de escena de un personaje como el actual presidente norteamericano.


En 1987, Oliver Stone estrenó Wall Street con la intención de denunciar los excesos de un capitalismo que parecía haber sustituido la ética por el balance contable. Sin embargo, la historia terminó jugando una de esas ironías que tanto gustan a la política: el villano de la película acabó convertido en héroe para una parte del mundo empresarial. Su frase más célebre, «Greed is good» («La codicia es buena»), dejó de interpretarse como una advertencia para convertirse, en determinados círculos, en una declaración de principios.

En 1987, Oliver Stone estrenó Wall Street con la intención de denunciar los excesos de un capitalismo que parecía haber sustituido la ética por el balance contable

No era casualidad. La América de los años ochenta había descubierto una nueva religión, aquella donde el éxito económico era la medida absoluta del mérito. Wall Street ya no era simplemente el distrito financiero de Nueva York; era un estado mental, que debía dirigir el mundo. El empresario agresivo, el especulador audaz, el negociador despiadado y el magnate inmobiliario ocupaban el lugar que décadas antes habían reservado la industria, la ciencia o el servicio público.

Gordon Gekko existía únicamente sobre la pantalla

En ese escenario apareció Donald Trump. Así, mientras Gordon Gekko existía únicamente sobre la pantalla, Trump construía torres de acero y cristal en Manhattan, convertía su apellido en una marca comercial y hacía del lujo una estrategia de comunicación. Un personaje que llegaba incluso a la escenificación máxima de ser él mismo quien iba a cobrar personalmente la renta de sus inquilinos. Ambos. Trump y Gekko, pertenecían al mismo ecosistema cultural: el del triunfo exhibido como espectáculo, la riqueza convertida en argumento de autoridad, la usura como objetivo y la negociación elevada a categoría moral.

No es que Trump adoptara literalmente el credo de Gekko. Nunca necesitó hacerlo. Bastaba con respirar el mismo aire ideológico que envolvía al Nueva York financiero de finales del siglo XX. Allí donde antes se admiraba la prudencia empresarial comenzó a glorificarse el riesgo; donde antes se valoraba la creación de empresas se empezó a venerar la capacidad para cerrar operaciones millonarias; donde antes importaba el producto, pasó a importar el tamaño del acuerdo.

No deja de resultar significativo que uno de los libros que mejor definieron la identidad pública de Trump se titulara The Art of the Deal -El arte de negociar-. No era un tratado de economía ni un ensayo político. Era una exaltación de la negociación permanente como forma de vida. Todo podía convertirse en un acuerdo. Todo era susceptible de comprarse, venderse, renegociarse o utilizarse como elemento de presión. La codicia era buena…

gordon gekko

No es que Trump adoptara literalmente el credo de Gekko. Nunca necesitó hacerlo. Bastaba con respirar el mismo aire ideológico que envolvía al Nueva York financiero de finales del siglo XX

Décadas después, esa misma lógica desembarcó en la Casa Blanca. Trump no ocultó nunca que contemplaba la política con los ojos de un empresario. Las alianzas internacionales podían renegociarse. Los tratados comerciales eran contratos revisables. Los compromisos multilaterales se valoraban en función de su rentabilidad inmediata. Incluso las relaciones diplomáticas parecían responder, en ocasiones, a la lógica de una transacción mercantil. Y llegado el caso la vuelta al realismo, al Hard Power, abandonando el liberal multilateralismo. Lo importante no son las normas, sino quién puede imponerse sobre ellas…

El lenguaje también cambió. La política dejó de presentarse como búsqueda del interés general para adoptar con frecuencia el vocabulario de los negocios: ganar, perder, negociar, imponer condiciones, obtener ventajas. La complejidad institucional quedó reducida, en numerosas ocasiones, a una sucesión de acuerdos en los que lo decisivo no era construir consensos duraderos, sino obtener el máximo beneficio en el menor tiempo posible (no se olvide que Trump ya consumió uno de sus dos mandatos y del presente le queda sólo la mitad).

La política dejó de presentarse como búsqueda del interés general para adoptar con frecuencia el vocabulario de los negocios

La transformación no consistía únicamente en gobernar como un empresario. Era algo más profundo: convertir el éxito económico en la principal fuente de legitimidad política. Si alguien había acumulado una gran fortuna, se sugería, también estaba especialmente capacitado para dirigir un Estado, de ahí que los Elon Musk demás conmilitones accedieran a la dirección política del decadente imperio woke estadounidense. La riqueza pasaba así de ser una consecuencia de determinadas decisiones a convertirse en una prueba de competencia para cualquier ámbito de la vida pública.

Esa idea encerraba una simplificación peligrosa. Administrar una empresa y gobernar una democracia obedecen a lógicas radicalmente distintas. La primera responde prioritariamente a objetivos de eficiencia y rentabilidad; la segunda debe conciliar intereses contrapuestos, proteger derechos, garantizar controles institucionales y aceptar límites jurídicos que no pueden quedar subordinados a la voluntad de un solo dirigente.

Gekko era un personaje construido para mostrar las consecuencias de una sociedad donde la codicia acababa justificándolo todo

Paradójicamente, pensaba el domingo por la tarde cuando veía Wall Street, Oliver Stone pretendía advertir precisamente contra esa confusión. Gordon Gekko era un personaje construido para mostrar las consecuencias de una sociedad donde la codicia acababa justificándolo todo. Su discurso no era un manifiesto, sino una sátira. Sin embargo, el cine volvía a demostrarme que el carisma suele imponerse al mensaje. Muchos espectadores admiraron al personaje sin reparar en que la película realmente lo condenaba.

Algo semejante puede decirse del fenómeno Trump. Para unos representa la eficacia empresarial trasladada a la política; para otros simboliza la sustitución del interés público por la lógica de la confrontación permanente, la personalización del poder y la reducción del debate democrático a una negociación de vencedores y vencidos. Yo soy de estos últimos. Por eso no me hacen gracia las cosas de Trump, sin perjuicio de que en algunas ocasiones su lógica y verborrea «parda», por pura simpleza, puedan resultar pragmáticas, si se perciben con la lógica de un comerciante.

Lo verdaderamente llamativo no es que un empresario llegara a la presidencia de Estados Unidos. Eso ya había ocurrido en otras ocasiones. Lo novedoso es que una parte significativa de la cultura empresarial de los años ochenta haya terminado impregnando el lenguaje político contemporáneo. La notoriedad ha venido a sustituir a la autoridad; la marca personal a eclipsar las instituciones; el espectáculo mediático a desplazar el debate sosegado; y la negociación ha dejado de ser un instrumento para convertirse casi en un fin en sí mismo (ejemplo: el conflicto con Irán).

Quizá la gran victoria cultural de Gordon Gekko no consistió en convencer al mundo de que la codicia era buena. Fue algo mucho más sutil: lograr que una parte de la sociedad dejara de preguntarse si la política debía regirse por valores distintos de los que gobiernan el mercado.

Y cuando una democracia deja de distinguir entre el interés general y la lógica del beneficio, el riesgo no es únicamente económico. Es, sobre todo, moral. Y con ello la codicia deja de ser un personaje para convertirse en una forma de hacer política…

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