DIEGO RUBIO RODRÍGUEZ HA CONVERTIDO LA GESTIÓN DE LA CRISIS DE CEUTA EN UNA BATALLA POR EL RELATO, PERO LAS IMÁGENES, LOS TESTIMONIOS Y LOS HECHOS DESMIENTEN UNA ESTRATEGIA QUE BUSCA CULPABLES LEJOS DE RABAT Y EVITA AFRONTAR LA REALIDAD.
Hay ocasiones en que la realidad se empeña en arruinar un buen relato. Ceuta lleva casi un mes haciéndolo. Y quizá ahí resida uno de los mayores problemas de Diego Rubio Rodríguez, director del Gabinete de la Presidencia del Gobierno: ha intentado convertir una crisis real en un problema de comunicación, cuando lo que estaba ocurriendo exigía, antes que nada, gestión, información y verdad.
Rubio es historiador y especialista en prospectiva y construcción de escenarios. Se ha formado en instituciones como Oxford, Columbia y la Sorbona y, desde 2020, ha ocupado puestos de responsabilidad en Presidencia, hasta ser nombrado en 2024 director del Gabinete de Pedro Sánchez. Pero precisamente por eso la pregunta resulta incómoda: ¿qué ocurre cuando un especialista en Historia y prospectiva se enfrenta a una crisis que no se deja encerrar en un PowerPoint? Ceuta es la respuesta.
El 30 y el 31 de julio entraron irregularmente en la ciudad más de 70.000 personas, según la cifra manejada por el propio Gobierno. Decenas de miles regresaron posteriormente a Marruecos, pero miles permanecen todavía en la ciudad, entre ellos más de 2.000 menores.
Ante semejante magnitud, uno habría esperado una explicación clara y una investigación transparente sobre cómo fue posible. Pero el Gobierno ha ido ofreciendo un catálogo de explicaciones que, a estas alturas, parece más un menú de hipótesis que una respuesta de Estado. Mafias. Redes sociales. Efecto llamada. Argelia. Actores extranjeros. Manipulación digital. El Gobierno ha insistido en que Marruecos no estuvo detrás de la avalancha y ha apuntado a factores diversos para explicar la movilización. Todo menos Pegasus…
el Gobierno ha ido ofreciendo un catálogo de explicaciones que, a estas alturas, parece más un menú de hipótesis que una respuesta de Estado
Naturalmente que las mafias existen. Naturalmente que las redes sociales pueden desempeñar un papel decisivo. Pero una cosa es explicar cómo se movilizaron miles de personas y otra muy distinta explicar cómo pudieron llegar hasta la frontera española decenas de miles de personas sin que las autoridades marroquíes lo impidieran. Ahí está el elefante en la habitación. Las imágenes muestran una multitud avanzando desde territorio marroquí hacia Ceuta. Y la pregunta política inevitable no es solamente quién difundió un mensaje por WhatsApp, sino qué ocurrió con el control fronterizo marroquí.
El problema del relato oficial es que cuanto más intenta alejar la mirada de Rabat, más termina acercándola a otras explicaciones. Cuando la política necesita demasiados culpables alternativos para no mirar al más evidente, corre el riesgo de parecer un guionista buscando personajes secundarios para ocultar al protagonista. La última pirueta consiste en convertir incluso la reacción de los propios ceutíes en parte del problema. Se ha llegado a presentar el rechazo ciudadano como xenofobia o alarmismo, mientras quienes viven en la ciudad explican ante las cámaras cómo la crisis está afectando a sus calles, playas, negocios, servicios y hasta sus propios derechos fundamentales. Los hosteleros denuncian pérdidas de ingresos de hasta el 80% o 90% en algunos establecimientos.
cuando la política necesita demasiados culpables alternativos para no mirar al más evidente, corre el riesgo de parecer un guionista buscando personajes secundarios para ocultar al protagonista
Quizá el error de Rubio sea creer que la realidad puede administrarse como un relato. Pero no puede. Puede administrarse una rueda de prensa, elegir un portavoz, preparar argumentarios y decidir qué palabra aparece primero en el titular. Puede incluso construir una explicación sofisticada sobre redes sociales, mafias y desinformación. Pero no puede impedir que una cámara grabe lo que sucede en una playa, que un vecino cuente lo que ha visto o que los ciudadanos comparen las declaraciones oficiales con lo que tienen delante de sus ojos. Y ahí es donde está fallando estrepitosamente el laboratorio del relato: la factoría animada de ayer y hoy de La Moncloa que dirige Diego Rubio Rodríguez, que parece haber confundido prospectiva con realidad, comunicación con gestión y relato con política.
Su formación académica es incuestionable, pero una cosa es diseñar escenarios y trabajar sobre políticas públicas y otra gestionar una crisis fronteriza de dimensiones extraordinarias, con implicaciones de seguridad nacional, diplomacia, inmigración y soberanía territorial. El propio Gobierno ha terminado declarando Ceuta situación de interés para la seguridad nacional y creando un mando único para coordinar la respuesta, aunque, a estas alturas, también se atisba como otro capítulo del relato equivocado que trata de imponer. Eso debería bastar para reconocer que algo no funcionó como debía.
Diego Rubio Rodríguez parece haber confundido prospectiva con realidad, comunicación con gestión y relato con política
Mientras el Ejecutivo busca la palabra adecuada para describir lo sucedido, Ceuta sigue proporcionando imágenes. Mientras La Moncloa fabrica explicaciones, los ciudadanos proporcionan testimonios. Y mientras se busca al culpable en todas partes, desde las mafias hasta las redes sociales, la pregunta sobre Marruecos permanece sin una respuesta política satisfactoria.
Tal vez Diego Rubio haya descubierto una cosa que ningún manual de comunicación puede resolver: hay momentos en que la realidad se rebela contra el relato. Ceuta es uno de ellos, porque los hechos existen, y la ciudad tiene playas, nombres, cámaras, vecinos y miles de testigos. Por eso, quizá el mayor error de Diego Rubio no sea haber elegido mal el relato. Es haber creído que todavía podía elegirlo e imponerlo.





