HAY VERANOS EN LOS QUE ESPAÑA NO SÓLO HUELE A HUMO. HUELE A FRACASO. HA LLEGADO EL MOMENTO DE FORMULAR UNA PREGUNTA QUE DURANTE DEMASIADO TIEMPO HA PERMANECIDO FUERA DEL DEBATE POLÍTICO: ¿SIGUE SIENDO EL ACTUAL ESTADO DE LAS AUTONOMÍAS EL INSTRUMENTO MÁS EFICAZ PARA GESTIONAR LOS GRANDES DESAFÍOS NACIONALES?
Hay veranos en los que España no sólo huele a humo. Huele a fracaso. Cada incendio forestal deja tras de sí un paisaje de cenizas, pueblos evacuados, familias desesperadas y centenares de profesionales que se juegan la vida combatiendo un enemigo al que demasiados dirigentes sólo parecen conocer desde la comodidad de un despacho.
Pero hay otro incendio, menos visible y mucho más peligroso, que también avanza sin control: el de un Estado incapaz de gobernarse eficazmente cuando la realidad exige respuestas inmediatas.
Basta con escuchar a nuestros responsables políticos cuando las llamas devoran miles de hectáreas. Nunca hablan primero del monte. Hablan de competencias. Nunca preguntan qué ha fallado. Sólo señalan como responsable al adversario. Nunca comparecen unidos. Comparecen enfrentados. Y cuando lo hacen se les nota mal encarados con el que tienen al lado o lanzan por detrás al cargo-matón de turno a insultar y calentar el ambiente.
Es el retrato perfecto del agotamiento del Estado de las autonomías.
Un modelo territorial concebido para acercar el poder al ciudadano ha terminado, demasiadas veces, alejando la responsabilidad de quienes deben ejercerlo. Diecisiete administraciones, cientos de organismos, miles de altos cargos y una burocracia inmensa deberían producir una gestión pública más eficaz. Sin embargo, cuando llega una emergencia nacional, el ciudadano contempla exactamente lo contrario: descoordinación, reproches cruzados, ruedas de prensa auto exculpatorias y un incesante intercambio de culpas mientras el incendio continúa avanzando.
un modelo territorial concebido para acercar el poder al ciudadano ha terminado, demasiadas veces, alejando la responsabilidad de quienes deben ejercerlo
No existe imagen más demoledora para un sistema institucional. España lleva décadas confundiendo descentralización con fragmentación. Se ha instalado la idea de que multiplicar administraciones equivale automáticamente a mejorar los servicios públicos. La experiencia demuestra que no siempre es así. Porque cuanto mayor es la dispersión competencial, más fácil resulta diluir las responsabilidades y más difícil encontrar a alguien que responda.
Cómo lo fueron la dana, el apagón, el accidente ferroviario o el volcán, los incendios forestales son quizá ahora la evidencia más cruel de esa realidad. Porque los grandes incendios no empiezan cuando alguien prende una llama. Empiezan veinte o treinta años antes, cuando los montes dejan de gestionarse con continuidad; cuando desaparecen los aprovechamientos tradicionales; cuando el pastoreo se convierte en una actividad residual; cuando la maleza invade millones de hectáreas; cuando los pueblos se vacían y nadie limpia los caminos forestales; cuando las políticas públicas hacen cada vez más difícil vivir del campo y cada vez más fácil abandonarlo y cuando sólo se trata de satisfacer las peticiones de los ecologistas coñazos e irresponsables convertidos en una nueva especie: el “ecologeta” que vive del sistema explotando el ecologismo como otros usureros de las ideas lo hacen aprovechándose de otros muchos ismos…
El bosque no arde porque haga calor. Arde porque durante años ha acumulado el combustible suficiente para convertir cualquier chispa en un infierno.
Naturalmente, el cambio climático ―si se quiere admitir como existente, porque personalmente empiezo a dudar y pensar que es una creación desesperada del wokismo―, incrementa el riesgo, prolonga las sequías y favorece incendios más virulentos. Sería absurdo negarlo. Pero convertirlo en la explicación única de todo constituye una simplificación que acaba funcionando como una coartada política. Porque el clima no desbroza los montes, ni autoriza o prohíbe los aprovechamientos forestales. No diseña la política agraria. Tampoco vacía los pueblos. Todo esto depende de decisiones humanas, en su mayoría equivocadas, y lo que es peor que se adoptan sin ser escrutadas la mayoría de las veces por políticos que apenas saben de lo que tratan, aunque ellos se autocomplazcan creyéndose que saben de todo.
Durante décadas, España mantuvo una política forestal mucho más orientada a la gestión permanente del territorio. La desaparición del antiguo ICONA ―hoy mismo ya lo proclaman distintos medios―, simbolizó también el final de una determinada concepción del monte como patrimonio nacional que debía conservarse todos los días del año, no únicamente cuando aparecían las llamas. A partir de entonces, la atomización administrativa fue sustituyendo una visión integral por una suma de competencias dispersas cuya coordinación sigue demostrando demasiadas debilidades. Donde había un Instituto ahora hay como poco 17 departamentos o consejerías encargadas de lo mismo tan sectorizadas como ineficaces.
Mientras tanto, la política ha preferido ocuparse de otras prioridades. Ha construido una administración cada vez más extensa, más costosa y más compleja, pero no necesariamente más eficaz.
la atomización administrativa fue sustituyendo una visión integral por una suma de competencias dispersas cuya coordinación sigue demostrando demasiadas debilidades
Lo verdaderamente preocupante no es que existan incendios. Los habrá siempre. Lo verdaderamente alarmante es comprobar que el Estado parece reaccionar ante ellos con la misma improvisación verano tras verano. Como si cada campaña comenzara de nuevo. Como si las lecciones aprendidas se consumieran junto a los árboles.
Nunca hemos tenido tantos responsables públicos y, paradójicamente, nunca ha resultado tan difícil identificar quién responde cuando algo sale mal. Nunca hemos tenido más recaudación y más medios. Sin embargo, sólo la incompetencia de nuestros dirigentes que están a verlas venir, tanto para un roto como para un descosido, son los responsables. Esos mismos que repiten como un mantra: la culpa es del otro y del cambio climático…
Un país serio no puede resignarse a contemplar esta escena repetida hasta el infinito. No puede aceptar que cada catástrofe termine convertida en una pelea institucional retransmitida en directo. No puede asumir como normal que las administraciones discutan mientras los ciudadanos esperan soluciones.
Ha llegado el momento de formular una pregunta que durante demasiado tiempo ha permanecido fuera del debate político: ¿sigue siendo el actual Estado de las autonomías el instrumento más eficaz para gestionar los grandes desafíos nacionales? No se trata de cuestionar el autogobierno por razones ideológicas ni de reivindicar nostalgias centralistas ―menos en mi caso―. Se trata de evaluar, con honestidad, si el sistema responde con eficacia cuando la nación afronta problemas que desbordan cualquier frontera administrativa.
¿sigue siendo el actual Estado de las autonomías el instrumento más eficaz para gestionar los grandes desafíos nacionales?
Las instituciones no se legitiman por su historia ni por los discursos que las rodean. Se legitiman por su capacidad para resolver los problemas de los ciudadanos. Cuando dejan de hacerlo, la obligación de una democracia madura no es proteger el modelo por inercia, sino someterlo a revisión.
Porque los bosques volverán a crecer. La naturaleza posee una capacidad de regeneración admirable. Lo que resulta mucho más difícil de recuperar es la confianza de una sociedad que contempla, año tras año, cómo el humo termina ocultando una evidencia cada vez más incómoda: que quizá el mayor incendio de España no esté en sus montes, sino en el agotamiento de un modelo institucional que hace demasiado tiempo dejó de responder con la eficacia que los ciudadanos tienen derecho a exigir. Ya vemos que el fuego no sólo quema los montes…
resulta mucho más difícil de recuperar la confianza de una sociedad que contempla… que quizá el mayor incendio de España no esté en sus montes, sino en el agotamiento de un modelo institucional…







