MANTENGO UNA TEORÍA EXTRAVAGANTE QUE MERECE, AL MENOS, UNOS MINUTOS DE REFLEXIÓN. Y ES QUE NOS HACE FALTA UN TRUMP A LO GRANAÍNO, DE ESOS PERSONAJES CAPACES DE PENSAR QUE LA “AVARICIA ES BUENA”, SI QUEREMOS TENER FUTURO EN ESTA ANDALUCÍA DE NUESTROS DESAFUEROS.
Estaba expectante a ver quién entraba y salía del Consejo de Gobierno andaluz, pero ahora veo que todo apunta a seguir igual, o peor. Quizá Granada no necesite más planes estratégicos, ni otro manifiesto institucional, ni una nueva comisión de expertos para diagnosticar por enésima vez lo que todo el mundo sabe. Quizá lo que realmente necesite sea un Donald Trump. Naturalmente, no el de la Casa Blanca, ni el de los aranceles, ni el de las guerras culturales, sino uno adaptado al clima de Sierra Nevada: un dirigente incapaz de aceptar un «ya veremos», dispuesto a convertir cualquier agravio en un acontecimiento mediático y convencido de que ningún despacho de Sevilla puede dar por terminada una reunión mientras Granada siga teniendo algo que reclamar.
Porque si algo ha demostrado la política contemporánea es que, entre quien tiene razón y quien consigue que todos hablen de él, normalmente acaba imponiéndose el segundo. Granada, en cambio, lleva décadas confiando en un mecanismo casi decimonónico: presentar buenos informes, redactar memorias impecables, fundamentar técnicamente sus reivindicaciones y esperar pacientemente a que el mérito sea reconocido por los incapaces del andalucismo paleto que sólo barren siempre para los mismos sitios. Una estrategia admirable desde el punto de vista moral, pero manifiestamente equivocada desde el punto de vista estadístico.
Granada siempre parece llegar a la fotografía cuando el reparto ya está decidido y apenas quedan canapés sobre la mesa.
Resulta difícil encontrar otra ciudad que reúna una combinación semejante de patrimonio histórico, prestigio universitario, peso cultural, capacidad científica y proyección internacional, y que, sin embargo, conserve esa permanente sensación de estar esperando en la antesala mientras otras provincias entran y salen del despacho principal. Granada siempre parece llegar a la fotografía cuando el reparto ya está decidido y apenas quedan canapés sobre la mesa.
Si el hipotético Trump granadino existiera, la situación sería radicalmente distinta. Cada Consejo de Gobierno de la Junta comenzaría con la misma pregunta: «¿Qué quiere hoy Granada para dejar de montar ruido?». Y esa simple pregunta ya constituiría un éxito político considerable. El personaje, por ejemplo, comparecería delante de la Alhambra para anunciar un aeropuerto «como nunca se ha visto», aunque todavía hubiera días en los que el panel de salidas pareciera más una cartelera de cine de autor que la programación de una infraestructura internacional. Prometería que el Corredor Mediterráneo describiría una elegante curva hacia Granada porque «los mapas también pueden equivocarse», exigiría una conexión ferroviaria digna antes de terminar el desayuno y defendería que Sierra Nevada debería estar comunicada por metro aunque los ingenieros pidieran inmediatamente la baja médica. O exigiría, más a lo Nikita Kruchov que a lo Trump, pegando zapatazos en lo alto de la mesa, que Granada fuese lo que es, un territorio histórico maltratado por una inaceptable conjura territorial tan falsa como inexplicable… Todo ello sería probablemente inviable. Pero ocuparía portadas. Y ésa es precisamente la cuestión.
Granada ha confundido durante años la educación con la resignación
Mientras tanto, Granada continúa cultivando una virtud que en otros tiempos fue admirable y hoy empieza a parecer un deporte de riesgo: la discreción. Sus instituciones elaboran documentos impecables, sus representantes reclaman ―cuando lo hacen, que no son muchas las veces, porque prefieren guardar compostura interesada―, inversiones con exquisita corrección y sus plataformas ciudadanas protestan procurando no elevar demasiado la voz, por si acaso molesta. Existe una fe casi religiosa en que los argumentos acabarán imponiéndose por sí solos, como si la política siguiera funcionando según las reglas de un tribunal académico y no conforme a los algoritmos de la atención pública.
Quizá por eso da la impresión de que Granada ha confundido durante años la educación con la resignación. Mientras otras ciudades y provincias practican con notable habilidad el arte de convertirse en imprescindibles, Granada parece conformarse con recordar, una vez más, que posee tantas cosas y valores de referencia, una personalidad propia y un legado histórico excepcional, y ahí quedó. Todo ello es rigurosamente cierto. El problema es que las inversiones no siempre siguen el mismo criterio que las guías turísticas.
El Trump granadino, en cambio, declararía patrimonio estratégico cualquier proyecto pendiente antes de que pudiera dormir el sueño burocrático de los expedientes. Propondría trasladar durante un mes la sede del Gobierno andaluz a Granada «para que algunos descubran que existe vida al este de Antequera», convertiría cada presupuesto autonómico en un plebiscito sobre el trato dispensado a la provincia y amenazaría, llegado el caso, con suspender simbólicamente las tapas gratuitas hasta que alguien decidiera tomarse en serio las reivindicaciones granadinas. No solucionaría necesariamente los problemas, pero conseguiría que dejaran de ser invisibles.
Granada no necesita un líder histriónico, ni un agitador permanente, ni mucho menos importar formas políticas ajenas.
En el fondo, toda esta caricatura conduce a una conclusión bastante menos humorística de lo que parece. Granada no necesita un líder histriónico, ni un agitador permanente, ni mucho menos importar formas políticas ajenas. Lo que necesita es abandonar cierta tradición de conformismo elegante y comprender que, en una época dominada por la comunicación, la visibilidad constituye también un instrumento de poder. Quien no ocupa espacio en la conversación pública termina ocupando muy poco espacio en las prioridades presupuestarias.
Seguramente sería preferible alcanzar ese objetivo con inteligencia, con argumentos sólidos y con una estrategia compartida entre instituciones, empresarios, universidad y sociedad civil. Pero mientras ese consenso llega, no deja de resultar tentador imaginar qué ocurriría si, por una temporada, Granada sustituyera su proverbial cortesía por una saludable dosis de desmesura.
Quién sabe. Tal vez entonces, por primera vez en mucho tiempo, cuando en Sevilla comenzaran a repartir inversiones alguien preguntaría, antes de cerrar la carpeta: «Esperad un momento… ¿y Granada?». Y sólo por provocar esa pregunta, quizá ya habría merecido la pena inventarse, aunque fuera literariamente, un Trump con acento del Albaicín. Aunque, viendo algunos presupuestos de los últimos años, más de un granadino de esa guisa estaría dispuesto a aceptar incluso un peinado imposible si con ello consigue que, por una vez, Granada deje de ser la nota a pie de página de esta Andalucía inventada. Y así va a continuar, porque ningún Trump granadino ha sido llamado por Moreno Bonilla a su nuevo repetitivo gobierno…





