LOS CASOS DE ACOSO SEXUAL Y POR RAZÓN DE SEXO QUE ESTÁN AFLORANDO EN DISTINTOS PARTIDOS POLÍTICOS NO SON YA EPISODIOS AISLADOS NI PATRIMONIO EXCLUSIVO DE UNA SIGLA O DE UN ESPACIO DE RELACIÓN CONCRETO, SINO QUE SE DESVELA TANTO EN EL SENO DE TALES ORGANIZACIONES, COMO TAMBIÉN EN LAS ADMINISTRACIONES QUE RIGEN Y CONTROLAN A TRAVÉS DE SUS DESIGNADOS.
El acoso cunde y se extiende.
PSOE, PP y, más recientemente, VOX han visto cómo salían a la luz denuncias internas, testimonios públicos y procedimientos más o menos opacos que apuntan a una misma enfermedad: la incapacidad —o falta de voluntad— de las organizaciones políticas para proteger a las mujeres cuando el agresor está dentro.
Lo verdaderamente alarmante no es solo la existencia de conductas machistas, tan viejas como la propia política entendida como espacio de poder masculino, sino la cuasi absoluta falta de perseguibilidad real de estos comportamientos. O peor aún: las estrategias de silenciamiento, minimización y ocultación que muchos partidos activan cuando el escándalo amenaza con dañar la marca.
El patrón se repite con una precisión inquietante. Primero, la denuncia se deslegitima: “no hay pruebas”, “son rumores”, “es un asunto personal”. Después, se aísla a la denunciante, se la somete a sospecha, se cuestiona su motivación o su estabilidad emocional. Finalmente, si el caso trasciende, se anuncia un protocolo, una investigación interna o una comisión que rara vez conduce a consecuencias políticas claras. La víctima paga el precio; la organización se protege.
Este comportamiento es grave en todos los partidos. Pero pienso que resulta especialmente sangrante en el PSOE y en el conjunto de la izquierda, que han hecho del feminismo una bandera central de su discurso, una seña de identidad moral y un arma arrojadiza contra el adversario político. Cuando quienes se presentan como vanguardia de la igualdad reproducen —o encubren— las mismas prácticas que denuncian, el daño es doble: a las mujeres y a la credibilidad del propio feminismo.
este comportamiento es grave en todos los partidos. Pero pienso que resulta especialmente sangrante en el PSOE y en el conjunto de la izquierda
Porque lo que se revela no es solo hipocresía, sino un feminismo instrumentalizado, convertido en eslogan electoral, en gesto performativo, en consigna de pancarta. Un feminismo que funciona hacia fuera, pero se diluye hacia dentro; que exige dimisiones inmediatas al rival, pero pide prudencia y garantías cuando el señalado es “de los nuestros”.
La derecha, por su parte, tampoco sale indemne. El PP ha mostrado históricamente una tendencia al cierre de filas y a la gestión discreta —cuando no opaca— de estos conflictos, mientras que en VOX, partido que ha cuestionado abiertamente las políticas de igualdad, la aparición de denuncias internas pone de manifiesto una contradicción aún más profunda: negar el problema no lo hace desaparecer. De Podemos o IU-Sumar, tras sus comportamientos en los casos Monedero o Errejón, mejor ni hablamos, por la hipocresía ética que representan; por la miseria moral que desvelan.
la derecha, por su parte, tampoco sale indemne. El PP ha mostrado históricamente una tendencia al cierre de filas y a la gestión discreta —cuando no opaca— de estos conflictos
Lo común a todos es una cultura política que sigue entendiendo el poder como un espacio de impunidad, donde el prestigio del cargo pesa más que la dignidad de quien denuncia. Donde la prioridad no es esclarecer los hechos ni proteger a la víctima, sino controlar el relato y limitar los daños.
Si algo están demostrando estos casos es que los protocolos no bastan si no hay voluntad política de aplicarlos; que la igualdad no se acredita con discursos, sino con hechos incómodos; y que el machismo institucional no distingue de ideologías, aunque algunas lo disfracen mejor que otras.
Creo que este no será mi último artículo sobre asunto tan latente como postergado. Tal vez ha llegado el momento de dejar de preguntar qué partido es más feminista y empezar a exigir algo mucho más básico: que ninguno tolere, oculte o relativice el acoso en sus propias filas y menos aún en las entidades públicas y organizaciones que rige o controla. Porque cuando el silencio se convierte en norma, la pancarta deja de ser bandera y pasa a ser coartada (tristemente, continuará).
si algo están demostrando estos casos es que los protocolos no bastan si no hay voluntad política de aplicarlos; que la igualdad no se acredita con discursos, sino con hechos incómodos; y que el machismo institucional no distingue de ideologías, aunque algunas lo disfracen mejor que otras



