MIENTRAS PUTIN VISITA UNAS ISLAS CUYA SOBERANÍA DISPUTA JAPÓN, ESPAÑA EVITA QUE SU REY VISITE CEUTA Y MELILLA PARA NO INCOMODAR A MARRUECOS. DOS MANERAS OPUESTAS DE ENTENDER Y EJERCER LA SOBERANÍA NACIONAL.
Hay imágenes que explican una política exterior mejor que cien discursos. Mientras Vladimir Putin acaba de desplazarse a las islas Kuriles, territorio cuya soberanía disputa Japón a Rusia desde el final de la Segunda Guerra Mundial, el Gobierno español sigue envolviendo en cautelas diplomáticas una cuestión mucho más sencilla: que el Rey de España pueda visitar Ceuta y Melilla.

La comparación tiene, precisamente por eso, un enorme valor político. No porque las Kuriles y las ciudades españolas del norte de África sean situaciones equivalentes —no lo son—, sino porque permiten observar dos maneras radicalmente distintas de entender la soberanía.
En España sucede algo que, visto desde fuera, resulta difícil de explicar. Ceuta y Melilla son españolas.
Putin ha visitado Iturup, una de las islas cuya soberanía reclama Japón, sabiendo perfectamente que Tokio protestaría. Y Tokio ha protestado con contundencia. Japón ha calificado la visita de “inaceptable”, ha convocado al embajador ruso y ha reiterado su reivindicación histórica y jurídica. Moscú, por su parte, no ha condicionado la presencia de su presidente en territorio bajo administración rusa a la conveniencia de la potencia que lo reclama.
En España sucede algo que, visto desde fuera, resulta difícil de explicar. Ceuta y Melilla son españolas. No son territorios cuya soberanía se encuentre pendiente de negociación, ni territorios ocupados por España recientemente, ni enclaves cuya pertenencia dependa del reconocimiento del país vecino. Ceuta está vinculada a la Corona española desde 1580 y Melilla desde 1497, mucho antes de la constitución del actual Reino de Marruecos en 1956. Incluso documentos del Congreso de EEUU han señalado expresamente que ambas ciudades forman parte de España con anterioridad a la constitución formal del Estado marroquí.

Tetuán pertenecieron al protectorado español, igual que Nador que además fue fundada por España. Imagen: Wikipedia
Marruecos puede reivindicarlas. Puede incluirlas en sus mapas. Puede protestar por las visitas de las autoridades españolas. Puede considerar que algún día deberían formar parte de su territorio. Todo eso pertenece al terreno de las posiciones políticas de Rabat. Pero ninguna de esas pretensiones modifica la soberanía española. Entonces, ¿por qué un Rey de España tiene que esperar?
cuando se trata de que el Jefe del Estado visite una ciudad española, la oportunidad no debería determinarla la sensibilidad del Gobierno marroquí.
La pregunta se ha vuelto especialmente pertinente estos días. El Gobierno ha confirmado que Felipe VI visitará Ceuta “cuando sea oportuno” y ha hablado de “coordinación absoluta”. La expresión es diplomáticamente pulcra, pero políticamente inquietante. Porque cuando se trata de que el Jefe del Estado visite una ciudad española, la oportunidad no debería determinarla la sensibilidad del Gobierno marroquí.
Lo verdaderamente extraordinario no es que Rabat pueda molestarse. Lo extraordinario es que Madrid parezca preocuparse tanto de que Rabat pueda molestarse.
Lo verdaderamente extraordinario no es que Rabat pueda molestarse. Lo extraordinario es que Madrid parezca preocuparse tanto de que Rabat pueda molestarse.

Desde que Pedro Sánchez decidió cambiar unilateralmente la posición histórica española sobre el Sáhara Occidental, la política hacia Marruecos ha quedado atrapada en una lógica de apaciguamiento. Se ofreció el giro sobre el Sáhara como fórmula para garantizar una relación estable y una cooperación eficaz. Sin embargo, la reciente crisis de Ceuta demuestra que esa supuesta estabilidad tiene unos fundamentos extraordinariamente frágiles. Marruecos sigue teniendo capacidad para presionar sobre la frontera y utilizar la cuestión migratoria como instrumento político.
Y aquí aparece la paradoja; cuanto más se esfuerza el Gobierno español por demostrar a Marruecos que quiere mantener una relación privilegiada, más parece aceptar que determinadas decisiones soberanas españolas deben calcularse en función de la reacción de Rabat. Eso no es diplomacia. Es una forma de dependencia.
Una cosa es coordinar una visita del Rey con criterios de seguridad, agenda institucional o conveniencia diplomática. Otra muy distinta es que la presencia del Jefe del Estado en territorio español termine convirtiéndose en una cuestión que deba ser administrada para no irritar a un Estado extranjero.
El Gobierno repite que la soberanía española sobre Ceuta y Melilla está “fuera de toda duda”. Lo afirmó de nuevo ante el Congreso en marzo de este año y la ministra de Defensa hace sólo tres días alegando la condición de «españolísimas» de ambas. Pues bien, si está fuera de toda duda, Sánchez y su ejecutivo, deberían comportarse como si estuviera fuera de toda duda. Porque la soberanía no se proclama únicamente en ruedas de prensa. Se ejerce. Y el Rey, como Jefe del Estado, no debería necesitar que Marruecos considere oportuno que visite una ciudad española. Felipe VI no tiene que pedir permiso precisamente a Mohamed VI para pisar Ceuta.
la visita del Rey no sería una provocación, sería precisamente lo contrario. Sería una afirmación serena, institucional y perfectamente normal de la soberanía española.
Hay además una dimensión simbólica que el Gobierno parece empeñado en ignorar. Después de una crisis migratoria que ha vuelto a colocar a Ceuta en el centro de la presión fronteriza y de una sucesión de episodios en los que Marruecos ha demostrado hasta qué punto puede condicionar la situación de la ciudad, la visita del Rey no sería una provocación, sería precisamente lo contrario. Sería una afirmación serena, institucional y perfectamente normal de la soberanía española.
Putin ha ido a las Kuriles sabiendo que Japón protestaría. España debería ser capaz de permitir que su Rey visite Ceuta y Melilla sabiendo que Marruecos puede protestar, patalear o decir lo que le venga en gana. Más cuando se trata de ciudades sobre las que no ostenta ningún tipo de derecho y respecto de las cuales sólo se limita a cacarear.
La diferencia es fundamental: Rusia controla unas islas cuya soberanía Japón disputa desde hace décadas. España no necesita conquistar Ceuta ni Melilla, ni Marruecos recuperar lo que jamás tuvo, lo que jamás perdió ayer. Son ciudades españolas desde hace siglos.
Por eso el problema no es lo que diga Marruecos. El problema es que el Gobierno de España parezca actuar como si necesitara saber previamente qué va a decir Marruecos. Y un Estado soberano que empieza a subordinar los actos de su Jefe del Estado a la posible reacción de otro país corre el riesgo de convertir la diplomacia en vasallaje.
Ceuta y Melilla no necesitan que Marruecos reconozca que son españolas. Necesitan que España se comporte como lo que afirma ser: un Estado soberano.





