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Sociedad

LA AMARGURA DE ACERTAR: Maricarmen y el dolor como bandera

Pocas cosas desalientan tanto como ver cumplido un mal presagio. Hace solo unos días, cuando…

Juan J. Alonso
Sillón vacío en un piso antiguo con cajas de mudanza y la luz fría de un televisor, imagen de la amargura de acertar tras el caso Maricarmen

Acertar en un mal presagio no consuela. El caso de MariCarmen muestra cómo política y medios convierten el sufrimiento en munición.

Pocas cosas desalientan tanto como ver cumplido un mal presagio. Hace solo unos días, cuando cerrábamos nuestro artículo No te mueras, Maricarmen, ya sabíamos con qué hambre esperaba la escena pública el desenlace para rematar su relato.

Tener razón no es ninguna victoria cuando lo que se paga es una vida rota, y cuando se confirma que las advertencias más negras se quedan cortas.

La maquinaria del relato

En cuanto se supo la muerte, la maquinaria arrancó casi sola. Tribunas, platós y redes no guardaron ni un momento de silencio antes de convertir el dolor en bandera. Otra prueba de que en la España de hoy el sufrimiento de una persona rara vez se respeta por sí mismo: solo vale si sirve como munición.

Tener razón no es ninguna victoria cuando lo que se paga es una vida rota.

Lo que vemos es una simbiosis, cada vez más asfixiante, entre el poder político y la red mediática. Ya cuesta separar una del otro: la consigna del partido alimenta la tertulia, y el titular llamativo de la mañana se convierte por la tarde en argumento en el Congreso. Explotar las emociones básicas sin ningún reparo ha dejado de ser la excepción y se ha vuelto la norma de este pseudodebate nacional.

Se apela a la fibra sensible de la gente, pero no para despertar conciencia crítica ni para buscar soluciones a la crisis de la vivienda o al desamparo social. Se hace para polarizar, para esquivar responsabilidades de gestión y para llevar la discusión al terreno de la indignación visceral.

Micrófonos y focos apuntando a una silla vacía, metáfora del espectáculo mediático y político
Metáfora del espectáculo mediático y político

La persona detrás del símbolo

En ese tablero de intereses cruzados, la Maricarmen real —su día a día, la angustia que calló durante meses, su soledad— ha quedado tapada por el mito que unos y otros se han dado prisa en moldear a su conveniencia. Se la invoca como símbolo con la misma rapidez con la que se ignoran miles de historias anónimas que siguen ahí, lejos de los focos, solo porque no llegan a tiempo a la coreografía de la actualidad.

Explotar las emociones básicas sin ningún reparo ha dejado de ser la excepción y se ha vuelto la norma.

Un espejo sin pudor

Acertar en el diagnóstico deja hoy una tristeza honda. Nos pone delante del espejo de una vida pública sin el menor pudor, en la que hasta el último aliento de una persona vulnerable se puede rentabilizar en la puja por el relato. Maricarmen merecía protección de verdad, dignidad y calma en el final de su vida. Lo que le ha dado la esfera pública, en cambio, es la prueba de hasta qué punto el espectáculo político se lo come todo.

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