Tres años después de su invención, el llamado Día de la Bandera de Andalucía sigue siendo un ejercicio de escaparatismo político que poco aporta a la comprensión real de esta tierra y aún menos a sus necesidades. Alejandro Rojas-Marcos y el presidente Juanma Moreno Bonilla concibieron esta celebración como una especie de rito identitario tardío, una Andalucía de cartón piedra que pretende suplir con gestos lo que no se sostiene con convicción cívica. El resultado es una festividad de estética cañí, hecha de símbolos huecos y desprovistos de un arraigo auténtico en buena parte del territorio.
El problema no es la bandera —que merece respeto—, ni tampoco la reflexión sobre la identidad andaluza, siempre compleja y plural. El problema es el uso político del símbolo: la necesidad de fabricarle a toda costa un sentimiento autonómico homogéneo que nunca ha sido espontáneo, que nunca ha sido uniforme y que, en territorios como Granada, ha convivido siempre con un poso de agravio histórico que nadie en Sevilla parece dispuesto a escuchar.
el problema es el uso político del símbolo: la necesidad de fabricarle a toda costa un sentimiento autonómico homogéneo que nunca ha sido espontáneo
Granada arrastra décadas de postergación institucional: infraestructuras eternamente prometidas, proyectos desviados, capitalidad cultural ignorada, peso político menguante. Cada año que pasa, la distancia entre lo que Granada aporta y lo que recibe se hace más visible. Y mientras tanto, se nos invita a celebrar un Día de la Bandera como si la coreografía verde y blanca fuera a resolver lo que la administración autonómica no ha querido atender en más de cuatro décadas.
cada año que pasa, la distancia entre lo que Granada aporta y lo que recibe se hace más visible
Si algo demuestra la historia reciente es que forzar identidades políticas desde arriba produce más desgaste que cohesión. Ahí está el caso de Castilla y León: la tensión entre su parte castellana y la leonesa es hoy una evidencia institucional, fruto de un ensamblaje apresurado durante la Transición que muchos consideran artificial. La diferencia es que allí ―les guste o no a sus gobernantes― se ha permitido que exista el debate. Aquí, en cambio, el solo hecho de plantear la singularidad histórica de Granada parece incomodar a quienes confunden la unidad administrativa con la uniformidad cultural.
ahí está el caso de Castilla y León: la tensión entre su parte castellana y la leonesa es hoy una evidencia institucional, fruto de un ensamblaje apresurado durante la Transición
El 28-F de 1980 debería ser una fecha para el análisis, no para el dogma. No pocos de sus protagonistas reconocieron después que la ingeniería política desplegada entonces bordeó los límites del diseño constitucional. Aquella resolución acelerada, aquel resultado tan controvertido, condicionó el mapa autonómico durante décadas.
Y Granada, que ya venía acumulando olvidos, quedó atrapada en un modelo que rara vez ha atendido su especificidad.
No se trata de cuestionar la convivencia andaluza ni de negar la pluralidad que la enriquece. Se trata, más bien, de hacer justicia y de señalar que un territorio con peso histórico, cultural y económico como Granada merece ser escuchado sin caricaturas, sin paternalismos y sin banderines de ocasión. Que se analice su encaje en la arquitectura territorial. Lo que aquí está en juego no es un debate identitario superficial: es la legítima aspiración a un trato equilibrado en el contexto español, a una representación política proporcional y a un reconocimiento institucional que no dependa del folclore ni del marketing gubernamental andalucista que tan lejano nos queda.
Granada merece ser escuchada sin caricaturas, sin paternalismos y sin banderines de ocasión
Lo que debería preocuparnos no es si el Día de la Bandera prende o no entre los escolares que se ven obligados a recortar papel verde. Lo que debería preocuparnos es si esta comunidad autónoma es capaz de mirarse en el espejo sin autoengaños y admitir que no todos sus territorios han recibido el mismo trato ni han recorrido el mismo camino y permitir la apertura del debate que permita el análisis democrático de la posición de Granada en la arquitectura territorial de España, porque Granada no necesita fiestas impostadas, necesita respuestas.
si esta comunidad autónoma es capaz de permitir la apertura del debate que permita el análisis democrático de la posición de Granada en la arquitectura territorial de España, porque Granada no necesita fiestas impostadas, necesita respuestas.



