SEQUÍAS, HAMBRUNAS, MIGRACIONES, GUERRAS Y CAMBIOS EN EL EQUILIBRIO DE PODER QUEBRARON EL SISTEMA INTERNACIONAL DE LA EDAD DEL BRONCE. MÁS DE TRES MIL AÑOS DESPUÉS, UN MUNDO IGUALMENTE INTERDEPENDIENTE AFRONTA DESAFÍOS QUE VUELVEN AQUELLA LEJANA ADVERTENCIA SORPRENDENTEMENTE ACTUAL.
El primer mundo globalizado
Hace más de tres mil años, el Mediterráneo oriental conoció una crisis que acabó con imperios, ciudades y redes comerciales. Sequías, hambrunas, migraciones y guerras desestabilizaron un sistema internacional extraordinariamente interconectado. La historia no se repite, pero algunas de sus advertencias resultan inquietantemente actuales. En 1177 a. C. el mundo conocido se vino abajo.
Hay fechas que parecen contener una época entera. 1177 a. C. es una de ellas. No porque aquel año concreto se produjera un acontecimiento único capaz de explicar el final de una civilización, sino porque alrededor de esa fecha comenzó a desmoronarse uno de los primeros sistemas internacionales conocidos de la historia. En el Mediterráneo oriental de finales de la Edad del Bronce existía un mundo sorprendentemente sofisticado. Egipto, el Imperio hitita, los reinos micénicos, Chipre, Ugarit y las ciudades de Canaán mantenían relaciones diplomáticas, comerciales y políticas.
Circulaban metales, cereales, madera, objetos de lujo y manufacturas; los gobernantes intercambiaban embajadores y regalos, mientras las élites estaban unidas por matrimonios y alianzas y los mercaderes recorrían largas distancias. Era, salvando todas las distancias, un mundo globalizado a escala mediterránea.
Las piezas dejaron de encajar
Entre aproximadamente 1200 y 1150 a. C., numerosas ciudades fueron destruidas o abandonadas. El poderoso Imperio hitita desapareció, los palacios micénicos dejaron de funcionar, Ugarit fue arrasada y las rutas comerciales se interrumpieron. Chipre sufrió también una profunda crisis. Los egipcios dejaron testimonio de la llegada de los misteriosos Pueblos del Mar, grupos que, procedentes de diferentes lugares, avanzaron por tierra y mar y amenazaron el territorio de los faraones. Ramsés III consiguió derrotarlos, pero incluso Egipto salió debilitado de aquella convulsión.
Durante mucho tiempo se buscó una explicación sencilla: unos invasores habían destruido las civilizaciones existentes. Hoy sabemos que probablemente ocurrió algo mucho más complejo. No hubo una sola causa, sino una acumulación de crisis. Cambios climáticos y períodos de sequía pudieron reducir las cosechas; la escasez provocó hambre y desplazamientos de población; los desplazamientos generaron conflictos y las guerras interrumpieron las rutas comerciales.
La interrupción del comercio debilitó a los Estados, y unos Estados debilitados tuvieron cada vez menos capacidad para garantizar alimentos, seguridad y estabilidad. El sistema entró así en un círculo vicioso.
Lo extraordinario no fue que existieran sequías, guerras o migraciones. Todas ellas habían existido antes. Lo extraordinario fue que se produjeran simultáneamente y dentro de un sistema extraordinariamente interdependiente.
no hubo una sola causa, sino una acumulación de crisis
Un mundo demasiado conectado
Los grandes palacios de la Edad del Bronce dependían de redes que hoy nos resultan familiares. Un territorio necesitaba el cobre de otro; otro necesitaba cereales; otro dependía de las rutas marítimas. Los gobernantes necesitaban impuestos y tributos para mantener ejércitos y administraciones, y la prosperidad dependía de que las distintas piezas funcionasen conjuntamente. Cuando una de ellas falló, las demás comenzaron a sufrir.
Aquí aparece la primera gran lección que nos ofrece 1177 a. C. es que la interdependencia proporciona prosperidad, pero también puede convertir una crisis local en una crisis sistémica. Más de tres milenios después vivimos nuevamente en un mundo extraordinariamente conectado. Una guerra en Europa altera los mercados energéticos; un conflicto en Oriente Próximo repercute sobre las rutas marítimas internacionales; una sequía puede reducir la producción agrícola de una región y afectar a los precios en lugares situados a miles de kilómetros. Las mercancías recorren el planeta antes de llegar a nuestras manos y los alimentos, la energía, las materias primas y los componentes tecnológicos dependen frecuentemente de cadenas logísticas internacionales.
interdependencia proporciona prosperidad, pero también puede convertir una crisis local en una crisis sistémica.
Nunca hemos tenido tantas herramientas para controlar nuestro entorno y, al mismo tiempo, nunca hemos dependido tanto de que millones de piezas funcionen simultáneamente.
El Mediterráneo escenario de la historia
El cambio climático añade una nueva dimensión al problema. No significa que cada sequía, incendio o inundación pueda atribuirse directamente al cambio climático, ni que nuestra situación sea equivalente a la de hace 3.200 años. Pero el aumento de determinados fenómenos extremos y la presión sobre el agua, los suelos y la producción agrícola introducen factores de inestabilidad que pueden multiplicar otras crisis. La historia de 1177 a. C. recuerda que el problema no es solamente que falte un recurso, sino que la sociedad pierda capacidad para absorber la falta de ese recurso.
cuando desaparecen las condiciones que permiten a una población permanecer en su territorio, las personas se desplazan
La alimentación constituye uno de los grandes vínculos entre ambas épocas. En el mundo antiguo, una sucesión de malas cosechas podía desencadenar hambrunas y movimientos de población.
Hoy contamos con una agricultura incomparablemente más productiva, mejores transportes y mecanismos internacionales de ayuda, pero también somos muchos más y dependemos de sistemas productivos y logísticos de una complejidad extraordinaria. Las migraciones vuelven a aparecer como consecuencia y como factor de transformación. Los llamados Pueblos del Mar probablemente fueron un fenómeno mucho más complejo que una simple invasión, y es posible que algunos de aquellos grupos fueran poblaciones desplazadas por guerras, hambre, crisis políticas o alteraciones económicas.
No podemos trasladar mecánicamente aquella realidad al presente, pero sí reconocer una constante histórica, “cuando desaparecen las condiciones que permiten a una población permanecer en su territorio, las personas se desplazan”. Las fronteras pueden intentar detener los movimientos; difícilmente pueden eliminar las causas que los producen.
Cambio de las relaciones de poder

Existe otra semejanza especialmente interesante. El colapso de la Edad del Bronce no significó simplemente que unos pueblos fueran derrotados por otros. Significó que cambió el mapa del poder. El Imperio hitita desapareció, los palacios micénicos dejaron de controlar sus territorios y Egipto conservó su independencia, pero perdió parte de su posición internacional. Del vacío surgieron nuevas potencias y nuevas formas de organización.
La historia conoce bien estos momentos: cuando un sistema pierde estabilidad, no necesariamente aparece inmediatamente otro que lo sustituya. Durante un tiempo puede existir algo mucho más incómodo: el desorden. Hoy también asistimos a una transformación de las relaciones internacionales. El mundo surgido después de la Segunda Guerra Mundial y consolidado tras el final de la Guerra Fría está experimentando una profunda transformación. Nuevas potencias económicas y militares adquieren protagonismo, las alianzas tradicionales se reconsideran, proliferan los conflictos regionales y las organizaciones internacionales encuentran dificultades crecientes para imponer soluciones.
No significa que estemos ante el final del orden internacional contemporáneo. Sí significa que podemos estar atravesando una redistribución del poder, y la historia enseña que esos períodos de transición son particularmente peligrosos.
Un gran error
Quizá esta sea la enseñanza más importante de 1177 a. C. Las civilizaciones no suelen desaparecer de un día para otro. Primero se deterioran algunos mecanismos; después fallan otros. Las instituciones pierden capacidad, las élites dejan de controlar determinadas zonas, las rutas comerciales se vuelven inseguras, la población comienza a desplazarse, las ciudades pierden habitantes y los sistemas administrativos dejan de funcionar.
Finalmente, cuando miramos hacia atrás, tenemos la impresión de que todo desapareció de repente.
Pero el colapso suele ser el resultado de una larga acumulación de pequeñas vulnerabilidades. Por eso 1177 a. C. no debería utilizarse para anunciar que nuestra civilización está condenada. Sería una conclusión tan espectacular como poco científica. Su verdadera utilidad es otra: nos recuerda que la estabilidad de una sociedad no depende únicamente de su riqueza, de sus ejércitos o de su tecnología. Depende también de la capacidad de sus instituciones para adaptarse, de la cooperación entre territorios, de la seguridad alimentaria, de la fortaleza de sus redes y de la confianza que los ciudadanos depositan en ellas.
el colapso suele ser el resultado de una larga acumulación de pequeñas vulnerabilidades
Tres mil años después
En torno a 1177 a. C., los habitantes del Mediterráneo oriental probablemente no tenían conciencia de que estaban viviendo el final de una época. Los comerciantes seguían navegando, los campesinos seguían sembrando, los reyes seguían enviando cartas, los soldados seguían defendiendo las fronteras y los gobernantes seguían creyendo que el mundo conocido continuaría existiendo al día siguiente. Pero aquel mundo estaba cambiando.
Esa es quizá la imagen más poderosa que podemos extraer de aquella lejana fecha. Las civilizaciones rara vez saben que están viviendo su propio cambio de era. Nosotros tampoco sabemos si estamos atravesando simplemente una época turbulenta o asistiendo al nacimiento de un nuevo orden mundial. Lo que sí sabemos es que nuestro planeta vuelve a estar sometido simultáneamente a presiones climáticas, demográficas, económicas, migratorias y geopolíticas. Y que, como en el Mediterráneo de hace más de tres mil años, esas crisis no permanecen aisladas, se conectan entre sí.
las civilizaciones rara vez saben que están viviendo su propio cambio de era
1177 a. C. no fue el año en que se acabó el mundo. Fue el año que, retrospectivamente, nos permite comprender que el mundo que conocían aquellos hombres había dejado de funcionar. Tal vez esa sea la advertencia más interesante de todas. Porque las civilizaciones no caen solamente cuando son derrotadas. A veces caen cuando las relaciones que las mantienen unidas dejan de funcionar.










