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Cultura y Sociedad

Diarios de Melilla

El gran pájaro de metal comienza a descender y un setembrino aire cuajado de amarillos,…

Javier Alcantud
Melilla, la ciudadela(1)

Javier Alcantud, apodado “el mago del lápiz”, “el pintor de los paraísos perdidos», es granadino y heredero del romanticismo y decadentismo. Su obra está presente en colecciones públicas y privadas en numerosos países. Se formó a temprana edad con grandes maestros del grabado y la pintura; para ello viajó por toda Europa, donde conoció a destacadas personalidades del Arte, que le dejaron huella indeleble.

Célebres son sus diarios de viaje, hoy comparte con los lectores de HORIZONTE GARNATA sus cuadernos de Melilla.

Diarios de Melilla

Textos, imágenes y fotos: Javier Alcantud

El gran pájaro de metal comienza a descender y un setembrino aire cuajado de amarillos, oro viejo y no usada luz envuelve al viajero, el irredento solitario, y un exótico aroma, que le llega a oleadas de hirviente arena, viento, embriagadoras especias y salitre de un mar eternamente azul e infinito, que lo deslumbra sin piedad de imposibles tonalidades y cegadora verdad.

Panorámica desde el Parador jpg
Panorámica desde el Parador

Minutos después de nuevo contempla embelesado por la ventanilla el mismo paisaje, la antigua Rusadir fenicia, que un domingo de 1497 junto a sus soldados pudo ver el caballero jerezano D. Pedro de Estopiñán y Vinuesa a la sazón contador de la Casa ducal de Medina Sidonia, encontrando una ciudad olvidada, devastada y que en apenas unas horas, como un milagro de la naturaleza, ante el asombro y la maravilla de los más incrédulos, consiguió volver a levantar.

El pájaro planea ya a baja altura y de vez en cuando, como un reconfortante espejismo, surge de las montañas junto al mar de Alborán, en medio de un desértico paisaje, un grupo de ondulantes palmeras al lado de un abigarrado grupo de multicolores casas de llamativos colores y formas geométricas, presidido a veces por el alminar de una mezquita, que parecen sonreirle.

Y el mar besa ya tierras salvajes, sueños más grandes que la vida. El origen, África y España, le reconocen, le acogen, pero no como un esperado huésped, sino como el escogido, distinguido invitado que se sienta a la mesa del Arte, la Vida, la Belleza. África en silencio observa todo como la huella, la Madre, la gran chamana que no duerme.

El solitario, el artista incandescente, ya en la pequeña habitación de su hostal situado en la parte más elevada de la ciudad, disfruta desde la ventana de un esplendente y soleado día preotoñal y disfruta una privilegiada vista del puerto y la ciudad; y un mar de imposibles colores ahoga su mirada de azules y esperanza, como un inesperado regalo caído de un cielo protector.

El monte Gurugú entre espesas nieblas es un rostro inquietante, impenetrable, y la tarde muere poco a poco, lentamente, sin hacer ruido, engalanada con los colores de la nostalgia y el desapego que anidan en su nómada alma, definitivamente conquistada ya, en las antesalas del placer por un cuerpo hermoso, susurrante, entregado; y no muy lejos un muecín llama por el altavoz a la oración.

Diario de viaje
Diario de viaje

Entonces toma sus lápices y su gastado cuaderno de viaje y trabaja febrilmente poseído por no se sabe qué, buscando atrapar la belleza de un tiempo sin tiempo sobre un papel empapado, al igual que su ropa de lino y su quemado rostro por el calor húmedo, que en vaharadas asciende del puerto. La ciudad, el mar, nada lo detiene, es un amante enloquecido.

Amanece un día más sobre la ciudad antigua vencedora en mil batallas, nada ni nadie perturba su seráfico descanso de siglos, el mar acaricia su rostro elegante, su imperturbable majestad, su hora prohibida, un himno callado, su beso secreto.

Las gaviotas sobrevuelan ya su hora heroica, su conquistada libertad. y el solitario, el viajero de mundos imposibles, llora dentro de su pecho de hombre y absorbe un trago de un reconfortante té de exóticas notas y con humedecidos ojos se gira en la mesa de su humilde habitación y mira el mar, mira el puerto. El monte Gurugú que, tras su habitual velo de niebla, en silencio lo observa, y mira hacia el amor que todo lo puede.

Leer la entrevista que se hizo a Javier Alcantud

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