A la vista del panorama que vivimos desde más de un lustro en el que cada día nos levantamos con un problema y nos acostamos con el preludio del siguiente, he vuelto a leer ―y con esta van dos en este verano, además de las consultas puntuales―, el último trabajo de Antonio Elorza sobre el estado actual de la democracia española y los modos de hacer política de Pedro Sánchez y su cohorte de ministros y propagandistas.
Ante la terrible, tenebrosa, triste e inaceptable actuación de Israel en Gaza ha vuelto a aflorar el neolenguaje político sistemático, rígido, con códigos propios, con la voluntad de controlar no solo los mensajes sino la escena política en su conjunto de Pedro Sánchez, llamando lo que puede ser otra cosa de manera sospechosamente diferente para controlar la agenda en su exclusivo interés (lo mismo que cuando usa frívolamente los términos nazi o fascista).
ha vuelto a aflorar el neolenguaje político sistemático, rígido, con códigos propios, con la voluntad de controlar no solo los mensajes sino la escena política en su conjunto de Pedro Sánchez,
Este lenguaje, que Elorza denomina acertadamente con el acrónimo LPS ―Lenguaje de Pedro Sánchez―, se construye jerárquicamente.
Sánchez fija la consigna, luego otros como sus ministros o la mismísima portavoz la reproducen, y finalmente los medios afines la refuerzan sincronizadamente. Sus componentes no son solo palabras: también los silencios, las ausencias, la medición de los gestos, incluso la elección del momento y el horario de su emisión para hacerla noticia, forman parte. El último ejemplo lo tenemos con la creación del debate de la actuación del gobierno de Netanyahu en la Franja, que antes no lo era para él y que ahora para hacer de la necesidad virtud, ha convertido en genocidio.
Como persona tengo mi opinión sobre lo que está sucediendo en Gaza y que ya he expresado más arriba. Como jurista me cuesta más.
Me debato entre si lo que está ocurriendo en los territorios palestinos es técnicamente un delito de genocidio o es otra modalidad de delito internacional y de lesa humanidad.
La Convención para la Prevención y Sanción del Delito de Genocidio (ONU, 1948) fija el tipo con, entiendo, claridad. Sin embargo la regulación y su desarrollo posterior, partiendo de que la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1945, que no recoge el delito de genocidio, no ha sido uniforme. Tanto que el Convenio de Ginebra de 1949 y los protocoles adicionales de 1977 que se ocupan de los crímenes de guerra no incluye expresamente el delito de genocidio como tal, pareciendo que lo sustrae de esta consideración. Este es el origen de la distorsión en debate y la calificación de lo que está sucediendo en Gaza, atendiendo a la teleológica y la gnoseología, que introducen los Principios de Nüremberg de 1950, base para juzgar genocidios antes de 1948, el Estatuto de Roma de 1998 y los relativos a los tribunales de Ruanda, Yugoslavia y Camboya, que posibilitan que ante hechos tan inhumanos como los que estamos viendo en Gaza, donde el gobierno israelí cuenta la cooperación de Hamas, los hechos sean calificados de distinto modo dependiendo de la posición de la que parta quien se aproxime a su tipificación, aún habiendo consenso de que son intolerables, crueles y vergonzantes para la raza humana, se miren por donde se miren.
Esta falta de consenso lo que posibilita que Pedro Sánchez esté empleando el drama de Gaza usando el término, más allá de su particular humanidad, en su beneficio. Ello es lo que lo hace deplorable y lo que le ha vuelto a servir una vez más para evidenciar al Partido Popular en medio de la polémica como un conejo deslumbrado en una carretera y hacer que, por el momento, se enerven los problemas que personal y mediáticamente le acucian.
Otra vez más puro tacticismo que convierte una causa justa en un baladronada política suya más.
El LPS ha servido nuevamente para uniformizar las ideas entre quienes apoyan al gobierno, evitar disidencia interna y acallar críticas.
También para desautorizar a la oposición, presentándola automáticamente como reaccionaria, enemiga del progreso, o parte de una ultraderecha, que no quiere la paz. Y, por supuesto, para afianzar un discurso en el que todo lo que hace el gobierno es bueno (“España avanza”, “El PSOE cumple”, o ahora “Sánchez está orgulloso de la sociedad española que se moviliza por causas justas”, lo que le sirvió para legitimar la cancelación de la Vuelta, olvidando que no siempre los fines justifican cualquier medio, olvidando la mesura que debe regir la actuación de cualquier dirigente), y que cualquier crítica se convierte en un ataque contra él, más mesiánico que nunca, que ha lanzado a su procesada Fiscalía “personal” a autorizar que Lola Delgado incoe diligencias para la persecución desde España del delito de genocidio, aunque no se den los presupuestos
para ello ―atención que su esposo, Baltasar Garzón ya está reclamando para si el asunto para tener otro fracaso como los de Fujimori, Rios Montt o Pinochet―, o que un memo como el ministro Torres, que un país normal estaría ya en el baúl de los recuerdos, esté promoviendo que le concedan el Premio Nobel de la Paz…
Menos mal que el repugnante asunto de las pulseritas “fake” compradas en el chino, otro nuevo ridículo del feminismo recalcitrante, va a impedir que el genocidio sea banalizado como con tantos otros temas ha hecho el sanchismo exacerbado.







