GRANADA RECLAMA ABRIR UN DEBATE DEMOCRÁTICO SOBRE SU ENCAJE INSTITUCIONAL TRAS MÁS DE CUARENTA AÑOS DE AUTONOMÍA ANDALUZA. FRENTE AL SILENCIO POLÍTICO, CRECE LA EXIGENCIA DE RECONOCER SU SINGULARIDAD HISTÓRICA Y CONSULTAR A LOS GRANADINOS SOBRE EL FUTURO QUE DESEAN PARA SU TERRITORIO.
Hay momentos en la historia política en los que las palabras dejan de ser suficientes. Décadas de promesas incumplidas, de agravios acumulados y de resignación institucional terminan convirtiendo una reivindicación aparentemente minoritaria en una cuestión de justicia. Granada ha llegado a ese punto.
Durante más de cuarenta años se ha instalado un relato oficial según el cual la actual organización territorial de Andalucía constituye un hecho indiscutible, casi natural, cuando es radicalmente falso. Sin embargo, para un número creciente de granadinos esa realidad nunca terminó de ser plenamente asumida porque consideran que el modelo autonómico nacido entre 1979 y 1980 diluyó la personalidad histórica de Granada dentro de un proyecto político que respondió a las necesidades de una transición compleja y a los equilibrios partidistas del momento. Esa es una interpretación legítima del pasado, y cada vez son más quienes reclaman que pueda debatirse sin prejuicios.
Lo verdaderamente llamativo no es que exista esa corriente de opinión. Lo sorprendente es el empeño de las instituciones por ignorarla.
durante más de cuarenta años se ha instalado un relato oficial según el cual la actual organización territorial de Andalucía constituye un hecho indiscutible, casi natural, cuando es radicalmente falso
lo verdaderamente llamativo no es que exista esa corriente de opinión. Lo sorprendente es el empeño de las instituciones por ignorarla
Granada no es una provincia cualquiera. Fue durante siglos cabeza de un reino histórico, referencia política, jurídica, económica y cultural de buena parte del sur peninsular. Su peso histórico no constituye una nostalgia romántica, sino un hecho objetivo. Sin embargo, ese legado parece haberse convertido en un elemento incómodo para quienes prefieren una visión uniforme de Andalucía en la que todas las diferencias históricas deban disolverse bajo un mismo discurso.
El resultado está a la vista: décadas de decisiones estratégicas desplazadas hacia el eje sevillano-Málaga. Infraestructuras eternamente demoradas. Instituciones perdidas. Inversiones inferiores a las prometidas. Centralización administrativa. Pérdida de peso político.
Y, sobre todo, una sensación permanente de que Granada ocupa un lugar secundario dentro de una
comunidad autónoma que nunca ha terminado de reconocer plenamente su singularidad histórica.
No se trata únicamente de cifras presupuestarias, aunque también las haya. Se trata de una cuestión de dignidad política. Durante años algunas voces fueron consideradas excéntricas por plantear esta reflexión. Hoy resulta imposible ignorar que existe una corriente intelectual consolidada que lleva décadas analizando este fenómeno desde diferentes perspectivas. Ahí están los artículos de César Girón, los trabajos constantes de Pilar Bensusan, las reflexiones de Lola Ríos, Juan J. Alonso o Celso Costa, entre otros muchos autores que han mantenido viva una cuestión que demasiados responsables públicos preferían dar por cerrada.
no se trata únicamente de cifras presupuestarias, aunque también las haya. Se trata de una cuestión de dignidad política
No es casualidad que esa reivindicación haya ido ganando espacio.
Las generaciones que vivieron la Transición aceptaron un modelo institucional presentado como inevitable. Sus hijos comenzaron a preguntarse por qué Granada parecía perder oportunidades una tras otra. Sus nietos ya no preguntan: exigen respuestas.
Las respuestas cuando las hay no pueden seguir consistiendo en apelaciones genéricas a la unidad andaluza mientras la realidad demuestra una concentración creciente del poder político y administrativo.
Precisamente por ello el momento político actual adquiere una relevancia extraordinaria. Las negociaciones para la formación del nuevo Gobierno andaluz entre el Partido Popular y VOX se desarrollan bajo una premisa reiterada por ambas formaciones: el respeto a la voluntad de los ciudadanos, la recuperación de la verdad histórica frente a los relatos impuestos y el reconocimiento de las tradiciones que conforman España.
Si esos principios son sinceros, Granada constituye la mejor prueba de fuego para demostrarlo. Porque no existe mayor respeto democrático que preguntar a los ciudadanos. No existe mayor reconocimiento de la historia que admitir la singularidad de un territorio cuya personalidad política precede en siglos al nacimiento de la comunidad autónoma.
no existe mayor respeto democrático que preguntar a los ciudadanos
No existe mayor ejercicio de coherencia que permitir un debate libre sobre el encaje institucional de Granada. Nadie propone imponer una solución. Nadie pretende romper nada. Lo que se reclama es algo infinitamente más sencillo y profundamente democrático: reconocer que existe un problema político e histórico y consultar a quienes tienen derecho a decidir sobre él.
Sorprende que quienes se llenan la boca hablando de participación ciudadana parezcan temer precisamente la herramienta más elemental de toda democracia: la consulta. Si Granada está plenamente satisfecha con su actual situación, una consulta lo confirmará. Si no lo está, también. ¿A qué se teme entonces?
Si Granada está plenamente satisfecha con su actual situación, una consulta lo confirmará
Si no lo está, también. ¿A qué se teme entonces?
La verdadera fortaleza de una democracia no consiste en impedir determinadas preguntas, sino en permitir que los ciudadanos las respondan libremente. Por eso las negociaciones para la constitución del nuevo Gobierno andaluz representan una oportunidad histórica que no debería desperdiciarse. Si el nuevo Ejecutivo quiere demostrar que cree realmente en la libertad política, en la participación ciudadana y en el respeto a la tradición histórica española, ha llegado la hora de introducir en el acuerdo de gobierno un compromiso claro e inequívoco.
Primero, reconocer institucionalmente que existe un debate legítimo sobre la posición histórica e institucional de Granada dentro de Andalucía. Y, en segundo lugar, convocar una consulta a los granadinos para conocer cuál consideran que debe ser el futuro encaje de su territorio.
No hay democracia sin escuchar. No hay respeto sin reconocer la realidad. No hay credibilidad política cuando los grandes principios se proclaman en los discursos pero se silencian cuando afectan a Granada. Ha llegado la hora de dejar de decidir sobre Granada sin Granada.
no hay democracia sin escuchar. No hay respeto sin reconocer la realidad
Ha llegado la hora de preguntar. Y ha llegado la hora de que el poder instalado en Sevilla escuche. Porque la historia de Granada nunca debió quedar sepultada bajo el silencio administrativo y político. Porque ningún gobierno que aspire a llamarse democrático debería tener miedo a conocer la voluntad de los granadinos.
Ha llegado la hora de preguntar. Ningún gobierno que aspire a llamarse democrático debería tener miedo a conocer la voluntad de los granadinos








