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JULIO ESPADAFOR: UNA POÉTICA DEL COLOR

SU FIGURA SIGUE ILUMINANDO LA HISTORIA ARTÍSTICA DE GRANADA. ESTE HOMENAJE RECUPERA AL PINTOR, AL…

CUARENTA AÑOS DESPUÉS DE SU MUERTE, LA FIGURA DE JULIO ESPADAFOR SIGUE ILUMINANDO LA HISTORIA ARTÍSTICA DE GRANADA. ESTE HOMENAJE RECUPERA AL PINTOR, AL MAESTRO Y AL HOMBRE QUE CONVIRTIÓ EL COLOR EN UNA FORMA DE CONOCIMIENTO.

Hace cuarenta años Granada perdió a uno de esos artistas que nunca necesitaron hacer ruido para dejar una huella profunda. Algunos creadores edifican su prestigio sobre la notoriedad; otros, como Julio Espadafor, construyen su obra desde el color interior. Cuatro décadas después de su muerte, su pintura continúa respirando con una intensidad serena que desafía al olvido.

Siempre he pensado que la admiración es una forma de conocimiento. Gloria me enseñó que todo aprendizaje nace del asombro. De esa educación de la mirada brota mi admiración por Julio Espadafor.

Los primeros años de Julio Espadafor se entrelazan con los de su compañero, el pintor Juan Manuel Brazam.

Sus recuerdos reconstruyen una etapa decisiva en la que ambos descubrieron que la pintura era mucho más que un oficio: una forma de mirar el mundo y de encontrar su lugar en él.

Julio Espadafor enseñó que el arte era una forma de vivir, no solo de pintar.

Julio Espadafor Taller de Grabado 1977

A comienzos de la década de 1960 coincidieron como discípulos de Rafael Revelles en la Escuela de Artes y Oficios de Granada. Allí nació una relación forjada entre el trabajo diario, las conversaciones sobre arte y la búsqueda compartida de una voz propia.

La actividad de la familia Espadafor pertenecía a un ámbito ajeno al mundo de la creación. Sin embargo, bajo la vivienda familiar, en un espacio contiguo al almacén, Julio instaló su estudio. Allí, junto a Brazam, comenzó su aventura artística. Entre caballetes, pigmentos y el olor del aguarrás, ambos compartieron un taller que fue el primer territorio de su libertad creadora.

El verdadero color no se contempla: se aprende a mirar.

La memoria guarda una escena reveladora. El día del asesinato de John F. Kennedy, mientras el mundo se detenía ante la noticia, en el estudio la pintura continuaba. La hermana de Julio posaba para Brazam; él los incorporaba a ambos en su propio cuadro. Sin proponérselo, los tres quedaron reunidos para siempre en una misma imagen.

La marcha de Julio Espadafor a París para continuar su formación en la École Nationale Supérieure des Beaux-Arts abrió una nueva etapa en su trayectoria. El contacto con uno de los grandes centros europeos de la creación contemporánea amplió sus horizontes artísticos y personales. París representaba entonces un espacio de libertad intelectual y de efervescencia cultural difícilmente imaginable en la España de aquellos años.

Su mayor obra quizá no fueron sus cuadros, sino las generaciones de artistas que inspiró.

Aquella experiencia estuvo acompañada, sin embargo, por un período de especial fragilidad. Quienes lo conocieron recuerdan aquellos meses como un tiempo de profunda exigencia interior. Lejos de quebrar su vocación, aquella experiencia consolidó una mirada más madura, independiente y abierta a nuevas formas de entender la pintura.

De aquellos años nacieron dos trayectorias distintas. Brazam eligió la fuerza de la materia; Espadafor, la depuración del color y el silencio. Distintos en su lenguaje, ambos compartieron un mismo origen: la camaradería y la convicción de que el arte era una manera de habitar el mundo.

Hay maestros que desaparecen; otros permanecen para siempre en la memoria de sus alumnos.

A comienzos de los años ochenta tuve el privilegio de conocer a Julio Espadafor como alumno suyo en el taller de Grabado de la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos de Granada. Aquel encuentro transformó la admiración que ya sentía por el artista en un profundo respeto por el maestro. Enseñaba con la misma naturalidad con la que trabajaba: sin imponer caminos, invitando a mirar más allá de lo evidente. No transmitía solo procedimientos técnicos; despertaba una forma de sensibilidad.

Ceras 1984 Julio Espadafor

Sus preguntas seguían acompañándonos mucho después de abandonar el taller. De él aprendimos que el grabado era una manera de pensar y de dialogar en silencio con la materia hasta hacer visible lo invisible.

Mientras yo descubría su magisterio, el grabado granadino vivía una silenciosa renovación. Al frente del taller de la Escuela, Espadafor convirtió aquel espacio en un verdadero laboratorio de creación, donde la tradición dejaba de ser una herencia inmóvil para convertirse en un impulso hacia el futuro. Entre el olor de las tintas, el metal de las planchas y el rumor de las prensas fue creciendo una generación de grabadores. Marité Vivaldi, Valentín Albardíaz, Joaquín Albarracín, Alejandro Gorafe y tantos otros compartimos aquel territorio de libertad, diálogo y experimentación que Julio supo crear.

La pintura fue su lenguaje; la libertad de mirar, su auténtica enseñanza.

Ceras sobre spray. Julio Espadafor 1984

Conservo, además, un recuerdo que revela la hondura de su humanidad. Era la tarde del 23 de febrero de 1981 y nos encontrábamos en el taller cuando comenzaron a llegar las noticias del asalto al Congreso de los Diputados. La incertidumbre fue adueñándose del ambiente. Julio suspendió la clase y nos pidió que regresáramos a nuestras casas. El ruido de las prensas fue sustituido por el silencio, mientras seguíamos las escasas noticias que llegaban por la radio y la televisión. Recuerdo la serenidad con la que Gloria trataba de transmitirnos confianza, mientras Julio apenas podía ocultar su preocupación por el destino de la democracia.

Aquella imagen permanece grabada en mi memoria con la misma intensidad que una estampa recién salida del tórculo. Aquel día comprendí que Julio Espadafor enseñaba mucho más que grabado: enseñaba una manera de estar en el mundo.

Los grandes maestros no solo crean belleza: dejan una manera distinta de comprender el mundo.

Nunca enseñó imponiendo un camino. Se acercaba a cada plancha con una atención silenciosa, como si escuchara lo que el metal todavía no había revelado. Bastaban una pregunta, una observación o un gesto para comprender que el verdadero grabado comenzaba mucho antes de la estampación.

4P4 Berlín 1984

Aprendíamos a mirar antes que a dibujar, a pensar antes que a morder el cobre con el ácido. El oficio exigía la misma paciencia que la vida.

Aquella manera de entender el arte pronto encontró nuevos horizontes. En 1984, la estancia de Carlos Gómez en Berlín propició el nacimiento de 4P4, una exposición inaugurada en el histórico café Anderes Ufer, en la Motzstraße.

Aquel lugar, cafetería, galería y punto de encuentro de artistas y escritores, formaba parte de la vida cultural del Berlín occidental.

Que unas estampas nacidas en el taller de la Escuela de Arte de Granada encontraran allí su espacio demuestra hasta qué punto la enseñanza de Julio Espadafor había trascendido el ámbito local para dialogar con uno de los centros culturales más vivos de la Europa de su tiempo.

También permanecen en la memoria aquellas noches de creación que se prolongaban hasta el amanecer. Unas veces nos reuníamos en el estudio de Techos, en el Albaicín; otras, en el de Camino de Ronda. Pintábamos la ropa de Gloria, zapatillas, sombreros, blusas o camisetas. Cualquier superficie se convertía en un territorio donde desplegar los espráis fluorescentes traídos de Berlín, con el deseo de llevar a Granada la vibración de una Europa que despertaba mientras nuestra ciudad comenzaba también a sacudirse el largo letargo de la dictadura.

Su legado no se mide por el tiempo transcurrido, sino por la intensidad con la que sigue habitando la memoria de Granada.

A veces la creación se convertía en viaje. Recorríamos el litoral mediterráneo o el Atlántico, y conservo como un recuerdo imborrable nuestra visita a Lisboa y a la Fundación Gulbenkian. Fueron años de libertad compartida, de descubrimientos y entusiasmo, en los que Julio encontraba una felicidad serena y dejaba aflorar la profundidad de su sensibilidad y de su cultura.

Julio Espadafor, Gloria y Darro en Calouste Gulbenkian Lisboa

Quienes compartieron con Julio Espadafor la intensa vida cultural granadina de aquellas décadas recuerdan, además del artista, al interlocutor generoso, siempre dispuesto al di logo. Su amistad con Elena Martín Vivaldi, Juan de Loxa, Ignacio Henares, José Miguel Castillo Higueras, Manuel Fdez Magan, Claudio Sánchez Muros, Miguel Rodríguez-Acosta y Vicente Brito revela una forma de entender la creación como un territorio compartido, donde la pintura conversaba con la poesía, la historia del arte y el pensamiento.

Para Julio Espadafor, crear era conversar con el color hasta alcanzar su verdad.

Hay grabados cuya tinta termina desvaneciéndose con el paso del tiempo. La huella de un maestro, en cambio, permanece impresa en la memoria de sus alumnos. Quizá porque el verdadero color nunca desaparece: cambia de mirada.

En la obra de Julio Espadafor, el silencio del color dice mucho más que el estruendo de la fama.

Donde el color inspira

A Julio Espadafor

Hubo un tiempo
en que la pintura aprendía la luz
y la amistad encontraba su cauce.

Así enseñabas:
abriendo ventanas.

La línea descubría su música,
el color, su respiración.

Tus manos elegían
el equilibrio,
el resplandor que nace desde dentro.

Hoy tu obra
sigue respirando tiempo.

Nada concluye.

El fulgor continua
buscando la llama.

Y en ese silencio,
donde la materia se vuelve memoria,
permanece tu mirada

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