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Opinión Política

LA DERIVA DEL PSOE

Una década de erosión institucional y agotamiento democrático EN EL ARTÍCULO NUESTRO COLABORADOR CRITICA LOS…

Celso Costa
Psoe desierto

Una década de erosión institucional y agotamiento democrático

EN EL ARTÍCULO NUESTRO COLABORADOR CRITICA LOS DERROTEROS POR LOS QUE SE CONDUCE EL PSOE BAJO LA DIRECCIÓN DE SÁNCHEZ, SUS ALIANZAS INESTABLES, EL DESGASTE INSTITUCIONAL, LA FALTA DE PRESUPUESTOS Y SU NEGATIVA A CONVOCAR ELECCIONES PESE AL BLOQUEO POLÍTICO ACTUAL.

Durante la última década, el PSOE —uno de los pilares históricos del constitucionalismo español— ha experimentado una transformación profunda bajo el liderazgo de Pedro Sánchez. Una transformación que, lejos de situar al partido en la senda del fortalecimiento institucional o la estabilidad democrática, ha generado un clima de creciente polarización política, desgaste institucional y bloqueo del normal funcionamiento del sistema. La figura de Sánchez, que ha conducido al partido con un estilo de poder altamente personalista, ha catalizado una deriva que muchos analistas identifican como un alejamiento progresivo de los consensos básicos que sustentaron la España democrática desde la Transición.

Ascenso y geometría variable

El acceso de Sánchez a la presidencia del Gobierno, tras una moción de censura basada en apoyos extremadamente heterogéneos, marcó el inicio de una etapa caracterizada por pactos tácticos y alianzas con formaciones cuyos objetivos programáticos se encuentran abiertamente en conflicto con la lógica constitucional. Tanto fuerzas de inspiración independentista —cuya agenda pasa por la ruptura del orden constitucional— como partidos de extrema izquierda o nacionalismos económicos de signo conservador han servido como soporte parlamentario al Gobierno.

El problema no es la pluralidad ideológica, propia de cualquier democracia parlamentaria, sino la dependencia crónica de una mayoría negativa: una coalición unida no por una visión compartida de país, sino por intereses divergentes que Sánchez ha tratado de armonizar mediante cesiones continuas, indultos altamente controvertidos, negociaciones opacas y reformas legales aceleradas. Esta forma de gobernar debilita los anclajes tradicionales del parlamentarismo, y consolida una dinámica en la que la estabilidad depende de satisfacer a actores políticos cuya posición de fuerza es proporcional a la capacidad de presión que ejercen sobre el Ejecutivo.

deriva

el problema no es la pluralidad ideológica, propia de cualquier democracia parlamentaria, sino la dependencia crónica de una mayoría negativa

Erosión de normas y barreras democráticas

Como explican Steven Levitsky y Daniel Ziblatt en «Cómo mueren las democracias», la fortaleza de un sistema democrático no se apoya solo en la letra de la ley, sino en un conjunto de normas informales que actúan como barreras de contención contra los excesos del poder: moderación institucional, espíritu de compromiso, respeto a la separación de poderes y a la autonomía de los órganos de control. Durante los últimos años, estas normas han mostrado un desgaste evidente.

Las tensiones abiertas con el Poder Judicial, las reformas legales expeditivas para sortear decisiones de tribunales, los cuestionamientos públicos a órganos reguladores y el uso instrumental de figuras constitucionalmente delicadas han configurado un escenario de debilitamiento progresivo de los contrapesos democráticos. El Ejecutivo ha actuado, en demasiadas ocasiones, como si la legitimidad procediera exclusivamente de la aritmética parlamentaria —cuando esta era favorable— y no de una visión integral del funcionamiento equilibrado del sistema institucional.

los cuestionamientos públicos a órganos reguladores y el uso instrumental de figuras constitucionalmente delicadas han configurado un escenario de debilitamiento

Un Gobierno sin Presupuestos y sin horizonte

A ello se suma el hecho excepcional de que España lleva años sin presupuestos nuevos, un síntoma alarmante de la desconexión entre el Gobierno y la realidad parlamentaria. Gobernar mediante prórrogas sucesivas puede ser legal, pero sin duda es políticamente empobrecedor: impide planificar reformas estructurales, deteriora la credibilidad internacional y transmite la imagen de un Ejecutivo sostenido únicamente por su propia voluntad de mantenerse en el poder.

Esta ausencia de apoyos estables ha convertido la gestión diaria en una negociación continua con socios dispares, lo que dificulta cualquier acción de Estado coherente. La política deja de ser un ejercicio de dirección estratégica y se convierte en un equilibrio permanente entre vetos cruzados.

Hay quién piensa que la negativa de Sánchez a convocar elecciones responde más a un intento de salvación personal y familiar frente a posibles responsabilidades penales que a cualquier otra razón. Tal negativa sí que es un claro síntoma de agotamiento democrático. Es indudable.

Lo muestra el que el elemento más significativo de esta etapa actual es es la resistencia contumaz a convocar elecciones pese al bloqueo institucional y parlamentario. La negativa persistente a devolver la palabra al electorado —en un contexto de tensiones territoriales, inestabilidad económica y fragmentación social— transmite la sensación de que el objetivo principal del Gobierno es garantizar su supervivencia política más que proporcionar un horizonte claro al país.

hay quién piensa que la negativa de Sánchez a convocar elecciones responde más a un intento de salvación personal y familiar

La democracia representativa se asienta en la premisa de que los gobiernos, cuando pierden su capacidad de articular mayorías operativas, deben restaurar su legitimidad mediante un nuevo mandato ciudadano. Ignorar esa lógica en nombre de la estabilidad acaba generando el efecto contrario: un país gobernado por un Ejecutivo sin impulso legislativo, sin presupuestos y sin apoyos sólidos, que se sostiene exclusivamente por el instinto de conservación del presidente.

Reflexión y cambio de rumbo

La situación actual exige que un esfuerzo de reflexión y de cambio de rumbo. En efecto, el PSOE, que durante décadas fue un actor central en la consolidación democrática de España, atraviesa una etapa marcada por la pérdida de brújula institucional y el predominio de un liderazgo personalista que ha supeditado la estabilidad del país a estrategias de corto plazo. La deriva vivida en esta última década exige una reflexión profunda, no solo dentro del propio partido, sino en el conjunto de la sociedad.

España necesita un Gobierno con apoyos reales, con capacidad de diálogo transversal y con respeto estricto a los límites formales e informales que sostienen a cualquier democracia sana. En ausencia de ello, la única salida legítima y regeneradora es devolver la voz a los ciudadanos.

Sea como fuere el PSOE debe poner fin inmediatamente a esta deriva que no sólo perjudica a él, sino también al conjunto del país, cada vez más agotado y debilitado democráticamente.

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