Durante las últimas cuatro décadas y media, Granada ha estado marcada por una sucesión de siete secretarios generales del PSOE provincial que, más que ejercer un liderazgo transformador, parecieron turnarse en un mismo ciclo de inercias, conformismos y estrategias internas estériles. Cada uno con su estilo, pero todos bajo un patrón común: mirar hacia dentro del partido antes que hacia las necesidades urgentes de la provincia.
Lejos de impulsar una visión ambiciosa para Granada, estos siete dirigentes se enredaron en disputas orgánicas, equilibrios de familias políticas y cálculos estratégicos que beneficiaban más a la estructura del partido que al territorio que supuestamente representaban. Granada quedó relegada a un segundo plano, eclipsada por decisiones tomadas desde Sevilla o Madrid, mientras sus propios responsables provinciales aceptaban ese papel subordinado sin demasiada resistencia.
Bajo sus mandatos se perdió una oportunidad histórica: Granada pudo haber liderado el desarrollo científico, cultural y económico de Andalucía oriental, pero las prioridades políticas variaron siempre en función de alianzas internas, cuotas de poder o intereses electorales a corto plazo. La falta de proyecto, de arrojo y de visión se convirtió en la constante de este desfile de secretarios generales.
El resultado es visible: infraestructuras eternamente postergadas, un modelo económico desdibujado, la fuga de talento joven y una sensación creciente de que Granada vive en un estado de olvido institucional crónico. Y mientras tanto, esos siete líderes que comandaron el rumbo provincial durante casi medio siglo dejaron más huella en las actas de congresillos internos que en el futuro real de la provincia.
Granada no cayó por un solo error, sino por cuarenta y cinco años de apuestas mínimas, renuncias silenciosas y liderazgos incapaces de situarla donde merecía. La herencia es un declive lento, asumido casi con naturalidad, que pesa sobre una provincia que llevaba demasiado tiempo esperando que alguien, desde dentro de su propio partido dominante, decidiera levantar la voz y cambiar el rumbo.



