Últimamente despido a demasiados amigos que se marchan, y no porque sean mayores. Se van demasiado pronto, dejando detrás de ellos un vacío que no sabemos cómo llenar.
Hoy tengo que despedir a mi amigo Manolo, Manuel Hernández Cruz; y todavía no sé cómo hacerlo. Llevo todo el día tratando de tomar la palabra escrita y decir algunas pocas cosas sobre él. No sé cómo quedará, pero cuanto escriba siempre será insuficiente.
Hace apenas una semana que lo telefoneé. No pensé entonces, cuando escuchaba su voz y sabía de la gravedad de la enfermedad contra la que estaba luchando, que empeoraría tan rápidamente y que aquel sería nuestro último encuentro. Jamás habría pensado que no soportaría el tratamiento que le estaban dispensando para salvarlo. Manolo era fuerte, decidido, audaz, aventurero, luchador… pero, por encima de todo, humano. Extraordinariamente humano.
Quizá por eso fue desde muy joven un aventurero de la vida. Con apenas dieciséis años dejó Guadix, su ciudad natal, y se marchó a Madrid para trabajar en el Banco Español de Crédito, el Banesto, donde también trabajaban su padre y su hermano y en el que fue ascendiendo hasta ocupar puestos de dirección en importantes sucursales de Madrid, hasta que un día decidió regresar a su tierra, a Granada. Y aquí comenzó otra parte de su vida: la que dedicó, sobre todo, a su familia, a su hija, a su hijo y a su amada Encarnita: a su «Encarnasió», como él la llamaba con ese modo suyo, entre divertido y cariñoso, de expresar un afecto que siempre era sincero. Porque Manolo sabía querer.
Manolo era fuerte, decidido, audaz, aventurero, luchador… pero, por encima de todo, humano. Extraordinariamente humano
Manolo cantaba desde niño. El padre Ros lo reclutó para la escolanía de la Catedral de Guadix y allí aprendió a leer música. Aquel aprendizaje fue importantísimo para él. Lo hizo, además, a la antigua usanza: con algún que otro coscorrón de aquel ínclito clérigo, que parecía entender que el saber musical y el orden también podían aprenderse a golpe de disciplina. Y Manolo aprendió, y bien. Tanto, que siguió cantando durante toda su vida. Cantaba en no sé cuántos coros. Le gustaba, le entretenía, le hacía feliz. Hasta el punto de que en más de una ocasión me dijo que cantar era buena parte de su razón de vivir y un refugio.

Pero es que, además, Manolo tocaba la bandurria. Era un virtuoso del plectro. Pertenecía a no sé cuántas orquestas y grupos musicales. Jamás faltaba a los ensayos y conciertos de ninguna. Tanto que mis hijos, que lo quisieron siempre como a un tío, o mejor, como a un abuelo, cuando eran pequeños lo diferenciaban de otros Manolos de nuestro entorno refiriéndose a él como Manolo «el de la bandurria». Y así quedó bautizado para siempre en mi casa, lo que a él le hacía reir…
todos, viajes y libros, generadores de situaciones irrepetibles que ahora regresan a la memoria con una fuerza que duele
Con Manolo, con su familia, con amigos y muchas veces yo sólo con él, he recorrido buena parte del mundo. Europa casi entera y España de punta a punta. Le gustaba viajar. Muchísimo. Devoraba los destinos. Como leía libros ―nunca he conocido a nadie que sea capaz de leer tan rápido―. Por eso, tal vez, tengo miles de recuerdos compartidos: Polonia, Alemania, Inglaterra, Francia, Turquía… la trilogía del Baztán, Lord Jim o Lolita, de Nabokov (sonrío al recordar lo que me dijo un día en mi despacho). Todos, viajes y libros, generadores de situaciones irrepetibles que ahora regresan a la memoria con una fuerza que duele.
Sin embargo, nunca conseguí convencerlo de ciertas lecturas, como tampoco para que viajáramos a Israel. No quería. Sentía el sufrimiento del pueblo palestino, aunque jamás hizo de ello una bandera ni necesitó del activismo para expresar lo que pensaba. Simplemente, por su humanidad, sabía que había un pueblo que padecía y no quería participar de aquella realidad. No era capaz de soportar la injusticia.
Nos han quedado muchos viajes pendientes. Incluido el último que le apunté que tendríamos que hacer, relacionado con mi última novela, en la que él, como en otras anteriores, ha vuelto a ocupar algún pasaje que tal vez ahora revise. Y este tampoco ya no podremos hacerlo. Eso es precisamente lo que más duele de la muerte: que no sólo se lleva a la persona, sino que se lleva también todo lo que todavía estaba pendiente con ella.
Con Manolo recorrí la Sierra Nevada entera. Subimos picos, transitamos veredas, coronamos cumbres, bajamos barrancos. Reímos muchísimo. Y compartimos mil secretos que nunca revelaré. Algunos se irán conmigo. Otros se los contaré a él cuando vuelva a encontrarlo en ese infinito celeste en el que quiero imaginarlo ya junto al Altísimo, buscando un puesto entre los integrantes de su coro o, mejor aún, en alguna orquesta celestial donde pueda volver a coger su bandurria.
¡Me han quedado tantas cosas por hacer con Manolo; Tantas cosas que recuperar. Tantas conversaciones. Tantos viajes. Tantas montañas. Tantas páginas por escribir, que hay cosas que ya no sé si seré capaz de hacer sin él.
Manolo se hizo abogado ya de mayor. Montó un despacho y dio trabajo a más de uno que, desgraciadamente, no siempre supo corresponder su generosidad. Porque Manolo era bondadoso. Mucho más de lo que aparentaban a veces sus recias palabras aprendidas entre el cascamorras y los partidos del Real Madrid, del que era más socio que forofo y más forofo que socio. Manolo podía parecer duro en sus expresiones, incluso áspero. Pero quienes lo conocíamos bien sabíamos que detrás de aquella fachada había un corazón dulce y abierto siempre a la bondad.
¡Me han quedado tantas cosas por hacer con Manolo; Tantas cosas que recuperar. Tantas conversaciones. Tantos viajes. Tantas montañas. Tantas páginas por escribir, que hay cosas que ya no sé si seré capaz de hacer sin él.
Era, sencillamente, un buen hombre. Y quizá por eso fue también para mi un hermano; más incluso. Mi consejero. Mi compañero. Mi confidente. Mi apoyo durante cuarenta años. Tiempo extenso en el que no hizo otra cosa más que ayudarme, acompañarme en los peores momentos y dispensarme una lealtad que hoy comprendo todavía más valiosa.
Manolo quería seguir viviendo, pero ya no podrá ser. Su cuerpo aún permanece entre nosotros. Sé que dentro de pocas horas tendremos que despedirnos de él y no consigo aceptarlo. No puedo asumir que Manolo tenga que marcharse a otra dimensión. Quizá por eso escribo ahora en su memoria, porque escribir es, a veces, la única manera que tenemos de intentar retener a quienes se marchan.
No existen páginas suficientes, ni siquiera tiempo, para escribir ahora cuanto siento por mi amigo. No cabría en un artículo todo lo que le debo ni todo lo que hemos vivido, pero tampoco quiero dejar espacio al dolor. Últimamente despido a demasiados amigos. Y he decidido que no quiero escribir más obituarios. Quiero escribir sobre los que no están como si estuviesen, para seguir caminando. Para hablar de viajes pasados y sobre los que todavía podemos hacer, como de las montañas que aún nos quedan por subir.
no existen páginas suficientes, ni siquiera tiempo, para escribir ahora cuanto siento por mi amigo. No cabría en un artículo todo lo que le debo ni todo lo que hemos vivido, pero tampoco quiero dejar espacio al dolor
Y mientras intento aceptar que ya no podré volver a caminar a su lado, me queda el consuelo de pensar que, cuando llegue mi turno de cruzar esa última frontera, lo encontraré allí arriba enrolado en una orquesta celestial tocando la bandurria o en el coro de gloria del Altísimo. Y que quizá, al verme, deje por un momento la música, sonría y me diga, como tantas otras veces: “César, ¿a dónde nos vamos esta vez?».





