Análisis político

TEJERO: EL PENÚLTIMO GOLPISTA

LA DESCLASIFICACIÓN DE LOS DOCUMENTOS DEL 23-F REABRE EL DEBATE SOBRE RESPONSABILIDADES, DESMONTA RELATOS INTERESADOS…

César Girón


LA DESCLASIFICACIÓN DE LOS DOCUMENTOS DEL 23-F REABRE EL DEBATE SOBRE RESPONSABILIDADES, DESMONTA RELATOS INTERESADOS Y DEVUELVE PROTAGONISMO A ANTONIO TEJERO, SÍMBOLO DEL ÚLTIMO INTENTO “MILITAR” CONTRA LA DEMOCRACIA ESPAÑOLA.

El 23 de febrero de 1981 quedó grabado en la memoria colectiva de España como el día en que la joven democracia surgida de la Transición estuvo a punto de quebrarse. El asalto al Congreso de los Diputados por parte del teniente coronel Antonio Tejero Molina, pistola en mano y tricornio calado, simbolizó el último intento serio de revertir el proceso democrático iniciado tras la muerte de Franco.

Antonio Tejero, documentos desclasificados

Hoy, tras la progresiva desclasificación de documentación reservada, el episodio aparece con mayor nitidez: no fue un acto improvisado, sino la confluencia de varias conspiraciones nacidas de una España que se resistía a abandonar definitivamente el siglo XIX político.

el episodio aparece con mayor nitidez: no fue un acto improvisado

El golpe mostró la existencia de dos países enfrentados. De un lado, una España autoritaria, corporativa y militarizada, representada por figuras como el general Jaime Milans del Bosch, que sacó los tanques a las calles de Valencia, o el general Alfonso Armada Comyn, impulsor de una solución “de concentración” que pretendía reconducir el golpe hacia una apariencia institucional. Frente a ellos emergía otra España que aspiraba a integrarse plenamente en la democracia occidental, basada en el pluralismo político, el Estado de derecho y la superación de antiguos impulsos de pronunciamientos militares.

En ese contexto, el papel del rey Juan Carlos I resulta decisivo. La documentación conocida refuerza la tesis de su intervención final como elemento determinante para desactivar la intentona, aunque también confirma la complejidad de contactos, equilibrios y presiones existentes en aquellas horas críticas. Precisamente ayer, en el Senado de España, el expresidente Felipe González reclamó la desclasificación completa de los archivos del 23-F, defendiendo que solo la transparencia total permitirá cerrar definitivamente las interpretaciones interesadas sobre el papel de la Corona y de los distintos actores implicados.

en ese contexto, el papel del rey Juan Carlos I resulta decisivo

Pero si hubo un protagonista material indiscutible fue el teniente coronel Tejero, que por caprichos incontrolables de la “sincronicidad” en términos de Carl Gustav Jung, murió ayer a los 93 años, el mismo día en que se desclasificó la documentación sobre su intentona. Lejos del estratega político, aparece hoy casi como un personaje quijotesco: convencido de salvar España mediante un gesto heroico y anacrónico, terminó encarnando el choque entre dos épocas históricas. Su negativa a aceptar determinadas soluciones pactadas dentro de la propia trama golpista demuestra que actuaba movido más por una visión romántica y rígida del orden que por cálculo político.

Tejero el penúltimo golpista

En ese sentido, puede calificarse como el penúltimo golpista: el último militar clásico que creyó posible imponer el rumbo del país por la fuerza de las armas.

El episodio tuvo también inevitables tintes de opereta, visibles en figuras secundarias como Carmen Díez, esposa de Tejero, cuya exposición pública contribuyó a humanizar involuntariamente el drama, o el falangista Juan García Carrés, cuya participación reflejaba la pervivencia de viejas redes políticas incapaces de asumir la nueva realidad democrática.

La reciente desclasificación documental ha desmontado con rapidez la tesis sostenida desde ámbitos del Gobierno según la cual su publicación pretendía revelar responsabilidades ocultas de la derecha democrática o reabrir una lectura partidista del golpe. Lejos de ello, los documentos muestran un escenario mucho más complejo, transversal y profundamente condicionado por el miedo al colapso institucional de aquellos años.

El 23-F fue, en definitiva, el último gran estertor de una España preconstitucional que se negaba a desaparecer. Tejero quedó como símbolo final de ese impulso: un soldado fuera de su tiempo, convencido de protagonizar una gesta salvadora ―incluso entrañable para buena parte de la ciudadanía, no para quien suscribe, resultado de su perfil y de su actuación―, mientras la sociedad española avanzaba irreversiblemente hacia Europa y la democracia. Por eso merece el calificativo de “penúltimo golpista”, pues el último —instalado hoy en Waterloo y convertido en actor decisivo de la política nacional mediante pactos parlamentarios con el Gobierno de Pedro Sánchez— ya no necesita tanques ni tricornios: le basta la aritmética del poder.

El golpe de Tejero fácticamente apenas duró un día; el de Puigdemont y los suyos sólo 8 segundos, pero aún continúa…

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