EL 25 DE FEBRERO DE 1987, GRANADA QUISO HONRAR A WILLY BRANDT, SÍMBOLO DE LA PAZ Y LA RECONCILIACIÓN, PERO LAS PROTESTAS ESTUDIANTILES FRUSTRARON EL HOMENAJE. EL NOBEL TUVO QUE SALIR POR LA PUERTA TRASERA DEL HOSPITAL REAL. SU DIGNIDAD SILENCIOSA DEJÓ UNA LECCIÓN ETERNA: LA PAZ NO SE BOICOTEA, SE APRENDE.
El 25 de febrero de 1987 debía ser una jornada memorable en la historia de la Universidad de Granada. En el majestuoso Hospital Real, sede del Rectorado, se celebraba el solemne acto de investidura como doctor honoris causa de Willy Brandt, Premio Nobel de la Paz en 1971, ex canciller de la República Federal de Alemania y símbolo universal de la reconciliación y el diálogo. Era una ocasión excepcional para rendir homenaje a un hombre que había hecho de la palabra “entendimiento” una brújula política y moral. Sin embargo, lo que debía ser una fiesta del espíritu se vio empañado por un boicot que aún hoy deja un regusto amargo en la memoria universitaria granadina.
El estadista que arrodilló la política ante la conciencia
Willy Brandt, nacido en Lübeck en 1913 con el nombre de Herbert Frahm, fue una de las figuras más luminosas de la Europa de posguerra. Perseguido por el nazismo, se exilió en Noruega y más tarde en Suecia, desde donde combatió el totalitarismo con la palabra y con la acción. Tras la Segunda Guerra Mundial, su trayectoria política le llevó a ser alcalde de Berlín, canciller federal y presidente de la Internacional Socialista. Su política de Ostpolitik —el acercamiento a los países del Este en plena Guerra Fría— abrió grietas de esperanza en un continente dividido.
su gesto de arrodillarse ante el monumento a las víctimas del gueto nazi dio la vuelta al mundo
El 7 de diciembre de 1970, en Varsovia, su gesto de arrodillarse ante el monumento a las víctimas del gueto nazi dio la vuelta al mundo. No fue una escena planificada: fue el reflejo de una conciencia que se inclinaba ante la historia. Aquel acto de humildad le valió el Premio Nobel de la Paz un año después, y lo consagró como un símbolo moral de la reconciliación europea.
El día que Granada quiso honrarlo
Por todo ello, la Universidad de Granada, cuyo rector era el insigne José Vida Soria, decidió otorgarle su más alta distinción académica. La ceremonia del 25 de febrero de 1987 debía ser un encuentro entre la inteligencia, la memoria y el futuro: Brandt, ya mayor pero aún lleno de lucidez, llegaba a una ciudad que, como él, había sufrido divisiones y buscaba siempre la armonía entre culturas, se dijo por él mismo. El Hospital Real, edificio fundacional del humanismo granadino, abría sus puertas a uno de los hombres que mejor encarnaban los valores de la paz, la tolerancia y la reconciliación.


Sin embargo, el ambiente estudiantil de aquellos años estaba caldeado, no sólo por la reforma universitaria que auspiciaba el ministro Maravall, presente en el acto, sino más bien porque España acababa de integrarse en la OTAN, y en las universidades se vivía un clima de protesta constante contra lo que muchos veían como la sumisión del país a los intereses militares de Occidente. Algunos grupos, confundiendo símbolos y momentos vieron en Brandt —pese a su incansable pacifismo— a un representante del bloque occidental y del capitalismo europeo. Las consignas políticas se impusieron a la reflexión, y lo que debía ser una jornada de reconocimiento se convirtió en una escena de tensión, en la que el recuerdo trae a la memoria el papel que jugaron personalidades, algunas de las cuales actualmente ocupan altísimos puestos de responsabilidad en nuestro país y que siguen polemizando con instituciones como la Real Academia o la cultura nacional.
El boicot que avergonzó a Granada
Las protestas se hicieron sentir con fuerza. Gritos, pancartas y empujones alteraron el acto hasta el punto de hacerlo casi inviable. Las autoridades universitarias encabezadas por el Rector Vida Soria y el Profesor Cazorla encargado de hacer la laudatio temieron lo peor, tanto que los responsables de seguridad se vieron obligados a “aligerar” ―eufemismo de suspender― la ceremonia. Willy Brandt tuvo que abandonar el Hospital Real por la puerta trasera, escoltado discretamente, sin recibir el aplauso unánime que merecía y que Granada, en justicia, debía haberle dado. Pero Granada siempre es diferente…
Fue un triste desenlace para una visita que podía haber sido aún más histórica. Aquella salida furtiva, casi simbólica, pareció representar la dificultad de la paz para abrirse paso entre los ruidos del mundo. Brandt, con su serenidad habitual, no mostró rencor. Pero muchos de los presentes, profesores, intelectuales y estudiantes ―entre los que me encontraba invitado como representante estudiantil― conscientes de la magnitud del personaje sintieron una mezcla de vergüenza y desolación.
España acababa de integrarse en la OTAN, y en las universidades se vivía un clima de protesta constante
Una lección pendiente
El tiempo, sin embargo, pone las cosas en su sitio. Hoy, cuando Europa vuelve a debatirse entre los nacionalismos y los miedos, el ejemplo de Willy Brandt brilla con más fuerza que nunca. Su legado nos recuerda que la verdadera política es la que tiende puentes, no la que los dinamita; la que escucha antes de gritar.
Brandt, con su serenidad habitual, no mostró rencor
Aquel 25 de febrero de 1987, Granada perdió una oportunidad de honrar con altura a un hombre que había dedicado su vida a evitar que otros pueblos volvieran a sufrir las guerras que él conoció. La Universidad, lugar por excelencia del diálogo, se vio superada por el ruido. Pero la memoria de Brandt —la del hombre que se arrodilló no ante el poder, sino ante la conciencia— sigue en pie, más alta que nunca.
Quizá algún día, en el mismo Hospital Real, una placa o una palabra pública recuerden aquel acto en parte frustrado dando cuenta de que la universidad es y debe ser siempre un espacio de diálogo y encuentro, nunca de violencia y de autoritarismo. Y quizá entonces Granada pueda decir, con la humildad que también es sabiduría, que la paz no se boicotea, se aprende.








