SÁNCHEZ Y CASI TODO SU EJECUTIVO EN PLENO, INTENTAN REDUCIR A UN INCIDENTE MENOR LA PRESENCIA DE BUQUES DE GUERRA MARROQUÍES EN AGUAS ESPAÑOLAS DURANTE LA ENTRADA MASIVA DE INMIGRANTES: OTRA MUESTRA DE UNA POLÍTICA EXTERIOR EN LA QUE LA OPACIDAD PARECE HABERSE CONVERTIDO EN DOCTRINA.
Hay mentiras que se construyen con palabras y otras que se administran mediante silencios, medias verdades y explicaciones cuidadosamente dosificadas. La crisis de Ceuta reúne demasiados ingredientes de ambas. Mientras miles de personas irrumpían en territorio español los días 30 y 31 de julio, la fragata Mohamed VI y otras embarcaciones de la Marina Real marroquí penetraban en aguas que España considera propias.
El episodio, conocido públicamente meses después, ha obligado al Gobierno a reconocer y recomponer una realidad ―como siempre en búsqueda de un relato que tape los hechos― cuya gravedad resulta difícil de conciliar con la imagen de cooperación ejemplar que Pedro Sánchez lleva tiempo proyectando sobre Rabat.
Recordemos que el presidente calificó el suceso de la invasión de Ceuta como “un ataque a la soberanía territorial” y cómo después cambió su precisión señalando que era una crisis migratoria solamente, llegando a felicitar a Marruecos y a intentar, según parece, que el rey Felipe VI llamara al Sultán alauita e hiciera lo mismo. Sin embargo, ahora, 75 días después, el pasado día 12 día de la Hispanidad, confirmó la presencia no autorizada ni comunicada del buque insignia de la armada marroquí, la fragata Mohamed VI y otro buque, en las aguas territoriales españolas. Y lo ha hecho describiendo tal suceso como una incidencia rutinaria de tráfico marítimo; la presentó como uno de esos «hechos puntuales» que pueden producirse entre países vecinos. Ahí es nada.
La portavoz del Ejecutivo, Elma Saiz, insistió en lo manifestado por su “jefe”, diciendo que “todo se había resuelto con absoluta normalidad”.
Normalidad. Esa es la palabra elegida para describir la coincidencia entre una entrada masiva de inmigrantes, la vulneración del espacio marítimo español por unidades militares extranjeras y el posterior despliegue de medios navales españoles para contener las incursiones. Si esto es normalidad, ¿qué tendría que ocurrir para que el Gobierno considerase que existe un problema de soberanía?
Normalidad. Esa es la palabra elegida para describir la coincidencia entre una entrada masiva de inmigrantes, la vulneración del espacio marítimo
La verdad que llegó tarde
No estamos ante una anécdota naval ni ante un malentendido entre patrulleras. La información publicada por los medios señala a cómo la Armada tuvo que desplegar primero el buque de acción marítima Rayo y después las fragatas Santa María y Navarra. Es decir, sí que hubo una respuesta militar española ante una situación que el discurso político pretende presentar como inocua y puntual.
La pregunta no es solamente por qué entraron esos barcos. La pregunta es por qué la ciudadanía no conoció antes unos hechos de semejante relevancia y por qué ha tenido que ser la información periodística la que fuerce al presidente a reconocerlos. ¿Qué sabía exactamente el Gobierno? ¿Qué comunicaciones hubo con Rabat? ¿Qué órdenes recibió la Armada? ¿Qué explicaciones ha exigido España al Gobierno marroquí? Y, sobre todo, ¿por qué se ha optado por minimizar el episodio en lugar de ofrecer una explicación completa, verificable y transparente?
Llamar puntual a una vulneración no la convierte en irrelevante. Tampoco la diplomacia consiste en fingir que nada ha ocurrido para evitar incomodar al vecino.

Guerra híbrida
Marruecos lleva años combinando instrumentos de presión que desbordan el concepto clásico de amenaza militar: la instrumentalización de los flujos migratorios, la disputa sobre la soberanía de Ceuta y Melilla, las reclamaciones territoriales, la presión diplomática y la utilización de situaciones fronterizas para medir la capacidad de respuesta española. No es necesario demostrar que cada episodio responde a un plan único para advertir que el conjunto configura un desafío estratégico.
Eso es, precisamente, lo que debe analizarse bajo el concepto de guerra híbrida: la combinación de presión política, coerción económica o diplomática, operaciones de influencia y herramientas de carácter militar, explotando las vulnerabilidades del adversario sin llegar necesariamente a un conflicto armado abierto. En Ceuta, la coincidencia temporal entre la entrada masiva de personas y la presencia de buques de guerra marroquíes obliga a examinar con rigor una posible conexión. No permite, por sí sola, dar por probada una coordinación entre ambos hechos. Pero tampoco autoriza a descartarla por conveniencia política.
El problema de fondo es que Rabat conoce el valor de la ambigüedad. Puede presionar sin declarar una crisis, cuestionar la soberanía española sin cruzar el umbral de un enfrentamiento armado y comprobar hasta dónde está dispuesto a llegar Madrid para preservar una relación bilateral que el Gobierno considera prioritaria. Si España responde con firmeza, Marruecos afronta un coste diplomático; si España calla o minimiza, el precedente puede convertirse en incentivo.
el problema de fondo es que Rabat conoce el valor de la ambigüedad
La debilidad
La prudencia diplomática es una virtud cuando sirve para evitar conflictos; se convierte en debilidad cuando exige ocultar los hechos, rebajar las amenazas o confundir la cooperación con la ausencia de límites. España necesita relaciones estables con Marruecos, pero una buena relación no puede construirse sobre la renuncia a defender los propios intereses. La amistad entre Estados no consiste en aceptar cualquier conducta del otro, sino en establecer reglas claras y exigir su cumplimiento.
Sánchez debe explicar qué ocurrió en Ceuta, qué respuesta se dio y qué garantías se han exigido para que no vuelva a suceder. También debe aclarar si la presencia de la Mohamed VI y de las demás unidades navales se consideró una infracción, una provocación o un episodio sin trascendencia. No caben simultáneamente el despliegue de fragatas españolas y la pretensión de que no pasó nada.
Ceuta no es una pieza incómoda que pueda dejarse fuera del relato para proteger una relación diplomática. Es España, es frontera exterior de la Unión Europea y es territorio cuya seguridad obliga a actuar con claridad, no con eufemismos.
Marruecos puede permitirse la ambigüedad estratégica. España no puede permitirse la ceguera voluntaria
Cuando un Gobierno tarda en contar lo ocurrido, reconoce los hechos solo después de que trasciendan y luego los presenta como una incidencia menor, el daño no se limita a su credibilidad. Afecta a la confianza de los ciudadanos y a la capacidad disuasoria del Estado.
Marruecos puede permitirse la ambigüedad estratégica. España no puede permitirse la ceguera voluntaria. Porque el mayor peligro no consiste únicamente en que un buque de guerra extranjero entre en aguas españolas. Consiste en que, después de hacerlo, el Gobierno de España se empeñe en convencer a los españoles de que no hay nada que explicar.





