EL 30 DE AGOSTO DE 1905, UN ECLIPSE TOTAL DE SOL CONVIRTIÓ ESPAÑA EN EL OBSERVATORIO DEL MUNDO. EN EL SACROMONTE, UNA COMISIÓN INGLESA Y DOS CANÓNIGOS COMPARTIERON LA ERA PARA CONTEMPLAR EL CIELO APAGÁNDOSE A PLENA LUZ DEL DÍA.
A las once y pico de la mañana del 30 de agosto de 1905, el sol se apagó sobre buena parte de España. No fue una tormenta ni un eclipse cualquiera: durante casi cuatro minutos, una de las totalidades más largas del siglo, la Luna cubrió por completo el disco solar en una franja que atravesaba la península de sur a norte. La rareza del fenómeno —su duración, la claridad casi garantizada de los cielos peninsulares en pleno agosto— convirtió a España, durante unas horas, en el gran laboratorio astronómico del planeta. Más de veinte expediciones científicas llegaron desde Francia, Reino Unido, Estados Unidos y otros países para instalarse en los puntos por donde pasaría la sombra de la Luna: desde el Mediterráneo hasta Burgos, donde el propio Alfonso XIII, con apenas diecinueve años, quiso presenciar el fenómeno junto a los astrónomos.
ESPAÑA BUSCA SU REVANCHA
Que un rey se desplazara a ver un eclipse no era un capricho cualquiera. España llevaba siete años arrastrando el trauma del 98, la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, y con ella una crisis de identidad que el regeneracionismo intentaba curar a base de ciencia, educación y modernización. Que el país se llenara de telescopios y científicos extranjeros, que la prensa internacional mirara hacia España no para hablar de sus guerras perdidas sino de sus cielos despejados, tenía un punto de revancha simbólica. La Restauración, el sistema político nacido en 1874, se tambaleaba ya bajo las tensiones entre militares y catalanismo, entre el turno pacífico de conservadores y liberales y un país real cada vez más alejado de esas fórmulas. En ese contexto, el eclipse fue, durante un verano, una tregua y un motivo de orgullo.
GRANADA, ENTRE LA POSTAL Y LA POBREZA
Granada, sin embargo, vivía en 1905 en un tiempo propio, a caballo entre dos siglos. La ciudad seguía siendo, ante todo, la Granada que el romanticismo del XIX había fijado para viajeros y escritores: la Alhambra, la Vega, el recuerdo nazarí convertido en reclamo turístico. Pero bajo esa postal convivía una realidad más dura, agraria y modesta, alejada de los grandes centros industriales del país. En el cerro del Sacromonte esa distancia se hacía todavía más visible: allí, en las cuevas excavadas en la ladera, sobrevivía una comunidad gitana en condiciones de pobreza extrema, junto a la Abadía y su Colegiata, custodia desde el siglo XVI de las reliquias de San Cecilio y de los enigmáticos «libros plúmbeos» hallados en el propio monte. Era un lugar de fe, de leyenda y de necesidad, todo a la vez.
EL CANÓNIGO QUE ENSEÑABA EN LAS CUEVAS
Fue precisamente allí, en las cuevas del Sacromonte, donde el canónigo Andrés Manjón —catedrático de la Universidad de Granada y canónigo de la Abadía desde años antes— había fundado en 1889 las Escuelas del Ave María, un proyecto pedagógico que sacaba la enseñanza al aire libre para educar gratuitamente a los niños gitanos y pobres que veía a diario en sus paseos entre el cerro y la Facultad de Derecho. Su diario, del que procede el relato de aquella jornada de agosto, es el de un hombre que vivía literalmente en el Sacromonte y que fue testigo directo de lo que allí ocurrió aquel día.
LA ERA DEL SACROMONTE, 30 DE AGOSTO DE 1905
Porque el Sacromonte también tuvo su cita con la ciencia de 1905. Una comisión británica, en busca de un emplazamiento adecuado para observar la totalidad, se instaló en la era del cerro —el espacio llano tradicionalmente usado para trillar el grano— y montó allí sus instrumentos. A la observación se sumaron dos canónigos de la Colegiata, Manuel Medina Olmos y Francisco Sánchez Sánchez, que compartieron con los científicos ingleses aquella mañana en la que, durante unos minutos, el día granadino se convirtió en noche.
LA FOTOGRAFÍA QUE QUEDÓ
La fotografía que ha llegado hasta hoy fija ese instante. En ella, un grupo de hombres —algunos con sotana, otros con sombrero de ala ancha, uno tendido en el suelo junto al telescopio montado sobre su trípode de madera— miran todos hacia el mismo punto del cielo, algunos a simple vista, otros con prismáticos. Entre ellos, un sacerdote sostiene unos gemelos con una mano y, con la otra, una sombrilla que lo protege del sol de agosto que, durante unos minutos, dejó de calentar. Es una imagen sencilla y a la vez elocuente: la ciencia europea de comienzos del XX y la Granada más popular y religiosa, compartiendo sin jerarquías el mismo trozo de cielo.
Más de un siglo después, la foto es también un documento sobre el propio Sacromonte: un testimonio de que aquel cerro de cuevas y pobreza, tantas veces mirado solo como estampa folclórica, fue también, durante una mañana de 1905, un punto de encuentro con la ciencia internacional. Y de que el Padre Manjón, ocupado a diario en enseñar a leer a los niños de las cuevas, encontró también tiempo para levantar la vista y anotar, con la misma atención con la que llevaba su escuela, el recuerdo de aquel cielo que se apagó sobre Granada.





