TRAS LAS DERROTAS AUTONÓMICAS, EL PSOE AFRONTA UNA REBELIÓN INTERNA INÉDITA: BARONES Y FIGURAS HISTÓRICAS DENUNCIAN EL PERSONALISMO DEL SANCHISMO Y TEMEN QUE LA ORGANIZACIÓN PIERDA IDENTIDAD Y VIABILIDAD NACIONAL.
Los resultados electorales de Extremadura y Aragón no han sido únicamente un revés coyuntural para el PSOE. Han actuado como detonante de una crisis latente que llevaba años acumulándose bajo la superficie: la progresiva sustitución de un partido de Estado por un aparato personalista cuya prioridad parece ser la supervivencia del líder antes que la coherencia política, institucional o territorial. Una organización más parecida a una secta suicida que a un instrumento de transformación social.
Lo verdaderamente revelador no ha sido la derrota aplastante —los partidos pierden elecciones—, sino la reacción interna que ha provocado. O, más exactamente, el hecho de que por primera vez en mucho tiempo haya reacción.
PSOE: Realidad y oficialidad
La polémica estalló cuando el ministro Óscar López atribuyó los malos resultados en Aragón a la herencia del recientemente fallecido Javier Lambán. No fue una torpeza retórica; fue algo más profundo y meditado: la negación sistemática de cualquier responsabilidad propia; porque en la lógica del sanchismo, todo fracaso es heredado y todo éxito es personal y atribuible al jefe, convertido en el auténtico “portaestandarte”…
La reacción frente a la injusticia expresada por López fue inmediata y significativa. Incluso desde el núcleo duro del poder, Pilar Alegría —siempre disciplinada con el relato oficial— se ha visto obligada a marcar distancias. No por disidencia ideológica, sino por propia supervivencia política. Atacar a un dirigente muerto y respetado dentro del propio partido rompía el último tabú interno que, al menos para ella en lo inmediato, podía hacer sostener su complicada relación actual con las bases y jerarcas del partido regional.
en la lógica del sanchismo, todo fracaso es heredado y todo éxito es personal y atribuible al jefe
Más contundente aún ha sido Emiliano García-Page. Su intervención ya no ha sido la crítica controlada de barón territorial en la que hasta ahora se ha desenvuelto entre escaramuza y escaramuza; sonó a advertencia existencial. No hablaba de estrategia electoral. Hablaba de la viabilidad histórica del partido. De muerte de toda la infantería para asegurar la supervivencia de un líder y un cuartel general que no responden a la realidad, que sólo trata de culpar a otros y se oculta en batallas galácticas contra la derecha totalitaria mundial.
Rompen el silencio
Junto a ello, muchos de los viejos socialistas han roto el silencio y previsiblemente les seguirán otros. Cuando han empezado a hablar todos a la vez, no es nostalgia: es alarma ante lo que cualquiera fuera y dentro del PSOE, ve.
Han reaparecido voces históricas —distintas entre sí, incluso enfrentadas durante décadas— pero coincidentes en el diagnóstico: Felipe González, Alfonso Guerra, Virgilio Zapatero, José Luis Corcuera, Nicolás Redondo Terreros, Francisco Vázquez o más cercanos como Tomás López o Jordi Sevilla. No comparten generación, modelo económico ni visión territorial, pero sí algo que todos identifican como un cambio de naturaleza en el partido. Ya no ven un proyecto colectivo, sino un instrumento al servicio de un liderazgo en tanto inexplicable. Y eso, en un partido que sobrevivió a clandestinidad ―no tanto como se cuenta―, pero sí al exilio, al terrorismo y las escisiones, resulta extraordinario.
muchos de los viejos socialistas han roto el silencio y previsiblemente les seguirán otros
El sanchismo como sistema
La crisis no gira en torno a una persona, sino a un método político: al sanchismo como sistema que ha convertido la disciplina interna en uniformidad ideológica y la discrepancia en deslealtad moral a la que hay que perseguir y aniquilar. Las consecuencias están siendo visibles: dirigentes territoriales subordinados a la comunicación centralizada, decisiones estratégicas sometidas a cálculo inmediato de poder, pérdida progresiva de implantación social clásica donde el partido ha perdido casi absolutamente el contacto y el apoyo de las clases medias urbanas, de los votantes moderados y la estructura municipal histórica de la que gozó y tanto le costó construir. Y no digamos ya de las autonómicas.
ha convertido la disciplina interna en uniformidad ideológica y la discrepancia en deslealtad moral a la que hay que perseguir y aniquilar
Incluso figuras alineadas con el presidente muestran desgaste. Ahora bien, muchos de ellos que superviven, lo hacen por intereses propios y grupales de los dirigentes del partido, como si de una banda se tratase. José Luis Rodríguez Zapatero, con quien todo empezó para muchos, se defiende ahora para parecer más un demeritado mediador internacional que como un referente interno. Óscar Puente aparece debilitado por el deterioro de infraestructuras críticas bajo su gestión y se escuda entre los pretorianos volviendo a recurrir a la confrontación como modo de sobrevivir ante una sociedad de la que se ha ganado su repulsa y desprecio. Ana Redondo, la gran protagonista de polémicas constantes por su incapacidad de gestión pero que trata de salvar como si fuera de perfil ideológico, también ha terciado para proteger al líder y ha pedido a González que abandone el partido, lo mismo que el expresidente canario, Ángel Víctor Torres o Diana Morant, atrapados entre la narrativa política y la gestión real.
Hasta figuras inesperadas como el que fuera nefasto presidente andaluz entre 1982 y 1984, Rafael Escuredo, han reaparecido, no por nostalgia, ni por temor a la irrelevancia histórica del partido, sino en defensa de sus intereses lobbista o incluso para vengar antiguas afrentas contra González o Guerra que lo laminaron cansados de sus desmanes, que después les conducirían a enriquecerse con mediaciones y negocios poco precisos.
hasta figuras inesperadas como el que fuera nefasto presidente andaluz entre 1982 y 1984, Rafael Escuredo, han reaparecido
No es una lucha por el liderazgo, es por la identidad. Esto está comenzando a tomar cuerpo. La batalla interna no busca sustituir a un secretario general. Busca evitar algo más grave: la conversión definitiva del PSOE en un partido de poder sin cultura política propia. El problema no es perder elecciones. El problema es perder el sentido de existir entre elección y elección. De este modo queda patente que las voces se han alzado porque hoy el PSOE afronta una disyuntiva histórica: volver a ser un partido transversal con vocación de gobierno nacional, o quedar reducido a una maquinaria electoral dependiente de alianzas coyunturales y sometida al liderazgo personal. Esto segundo puede permitir gobernar un tiempo, pero a largo plazo destruye cualquier organización política.
La paradoja no deja de ser llamativa: el sanchismo nació para salvar al partido y puede terminar consumiéndolo.
El abismo del PSOE
Cuando los dirigentes callan, hay disciplina. Cuando empiezan a hablar todos a la vez, hay miedo. Y cuando hablan los antiguos y los actuales simultáneamente, lo que hay es conciencia de final de ciclo.
No estamos ante una crisis de liderazgo. Estamos ante una crisis de naturaleza.
Ya lo hemos dicho. Y conviene no olvidar que los partidos no desaparecen cuando pierden votos. Desaparecen cuando dejan de reconocerse a sí mismos.






