LA CRISIS DE CEUTA HA DESNUDADO LOS ERRORES DE DIEGO RUBIO: SOBERBIA, DESCONOCIMIENTO DE LA SEGURIDAD Y OBSESIÓN POR IMPONER UN RELATO CONTRA LOS HECHOS. Y SU PERSISTENCIA EN EL ERROR A CUALQUIER PRECIO.
Hay una frase que resume buena parte de la política contemporánea: «No existen los hechos, solo el relato». Nietzsche, Goebbels y tantos otros la llevaron, con distintas formulaciones y propósitos, a terrenos muy diferentes. Hoy parece haberse convertido en una suerte de catecismo de la política ficción que algunos han instalado en La Moncloa.
Diego Rubio Rodríguez, director del Gabinete de la Presidencia del Gobierno, parece haber hecho de esa concepción una metodología de poder. El problema es que Ceuta acaba de demostrar que el relato tiene un enemigo implacable: los hechos. O, dicho de una manera mucho más vulgar, pero infinitamente más eficaz: dato mata relato.
el relato tiene un enemigo implacable: los hechos
Durante semanas hemos asistido a una formidable operación para construir una explicación de lo sucedido en Ceuta que permitiera descargar responsabilidades sobre cualquiera menos sobre quienes tenían la obligación de prevenir la mayor crisis de seguridad sufrida por España en décadas. Ahora, tras la desclasificación de documentos, ese relato se está desmoronando. Y con ello aparece una pregunta inevitable: ¿cuánto de lo sucedido responde a los errores de cálculo de Diego Rubio?
No es una pregunta menor. Crecen las voces críticas en el propio Gobierno y en el PSOE que atribuyen al jefe de Gabinete una responsabilidad decisiva en la estrategia seguida. El documento publicado tras la desclasificación es demoledor: fuentes del Ejecutivo hablan de un «error de cálculo catastrófico» que, por el enorme peso de Rubio, terminó arrastrando al presidente y al Gobierno entero.
El primer error es elemental y gravísimo: desconocer cómo funciona la seguridad. El segundo: la soberbia de no admitir el error. El tercero: no comprender la gravedad de la inmigración irregular cuando deja de ser un fenómeno ordinario y se convierte en un factor de presión sobre la seguridad nacional. Y hay un cuarto que quizá sea el peor de todos: la contumacia en el error. Cuando los hechos contradicen el relato, Rubio no parece modificar el relato: intenta modificar la interpretación de los hechos.
El 27 de julio, Juan Jesús Vivas alertó de la situación. Había un incremento extraordinario de entradas, circulaban mensajes sobre una posible entrada masiva y el presidente de Ceuta trataba de conseguir que Madrid comprendiera la gravedad de lo que estaba ocurriendo. Según la información publicada, Rubio rebajó la alarma y llegó a considerar que aquello era algo que sucedía «todos los veranos». Tres días después, Ceuta quedó desbordada, previa indicación al presidente ceutí de que «no molestara más».
Eso no es un problema de relato. Es un problema de cálculo y un «pecado» de soberbia. Y cuando se gobierna un Estado, equivocarse en el cálculo de una amenaza puede tener consecuencias devastadoras, como estamos viendo; y lo que nos quedará por ver…
cuando se gobierna un Estado, equivocarse en el cálculo de una amenaza puede tener consecuencias devastadoras
Lo verdaderamente preocupante es que Rubio parece haber tratado la realidad como si España fuera un gigantesco laboratorio de experimentación política: probar una hipótesis, fabricar un marco interpretativo, trasladarlo a los medios, repetirlo hasta convertirlo en verdad y, cuando los hechos lo desmienten, redoblar la apuesta. Sus propuestas, las ya puestas sobre el tapete y las que va a poner, están recogidas en los trabajos de dos de sus líderes espirituales: Levitsky y Ziblatt, condensadas en su libro Cómo mueren las democracias.
los ceutíes no son cobayas, y la seguridad nacional no puede quedar sometida a las teorías de un gurú
Pero una frontera no es un laboratorio y un «historiador» y «propagandista» sin más experiencia que presentar un brillante expediente, como tantos otros españoles poseen, no puede especular con el futuro de todo un Estado como España. Ceuta no es un experimento social. Los ceutíes no son cobayas, y la seguridad nacional no puede quedar sometida a las teorías de un gurú de la comunicación política que llegado el momento crucial se equivoca estrepitosamente, como ha sucedido ya en otras ocasiones que iremos desgranando.
Durante años, Rubio ha construido una reputación intelectual alrededor de la relación entre poder, comunicación, estrategia y lo que él mismo ha estudiado como la ética del engaño en política. Pero hay una frontera moral que ningún asesor presidencial debería atravesar: aquella en la que la construcción del relato termina sustituyendo a la defensa de la realidad. Porque aquí no hablamos de una campaña electoral. Hablamos de España.
Hablamos de una ciudad española sometida a una presión fronteriza extraordinaria. Hablamos de decenas de miles de entradas. Hablamos de avisos previos. Hablamos de inteligencia. Hablamos de policías y guardias civiles que necesitaban medios. Hablamos de Marruecos, mucho más que un vecino incómodo, porque es un enemigo declarado practicando acciones de guerra híbrida contra nosotros. Y hablamos de un Gobierno que, en lugar de preguntarse por qué ocurrió y quién falló, parece haber dedicado demasiadas energías a decidir cómo contarlo de la mano de Diego Rubio Rodriguez.
La desclasificación ha hecho saltar por los aires esa estrategia maniqueista de trabajar en política reduciendo la realidad a una oposición radical entre lo bueno y lo malo sólo por su propio interés personal y grupal. El propio documento que debía servir para apuntalar la versión gubernamental ha terminado colocando al Gobierno ante nuevas preguntas: si el CNI avisó, si otros organismos también avisaron y si la situación era conocida, ¿por qué no se actuó con la contundencia necesaria?
Por eso los artículos que he venido publicando durante agosto y estos primeros días de septiembre en Horizonte Garnata no constituyen una colección de opiniones aisladas. Forman parte de una misma pregunta: ¿qué sucede cuando un Gobierno confunde la manipulación del relato con la gestión de la realidad?
Ceuta está dando la respuesta. Y la respuesta es terrible. Rubio debería dimitir. Si no lo hace, Pedro Sánchez debería cesarlo inmediatamente. Pero el cese de Rubio ya no sería suficiente, porque su estrategia ha comprometido políticamente al propio presidente que la ha asumido, defendido y sostenido públicamente, él y sus miembros más papistas de su ejecutivo.
Por eso ha llegado la hora de Diego Rubio y de que Sánchez responda. Y, después de responder, asuma su responsabilidad. Porque cuando el relato se estrella contra los datos, cuando los datos revelan los errores y cuando esos errores afectan a la seguridad y a la soberanía de España, ya no queda propaganda que valga. Queda responsabilidad. Y la última tiene un nombre: Pedro Sánchez.
cuando el relato se estrella contra los datos ya no queda propaganda que valga. Queda responsabilidad





