EL FIN DE MADURO

El doble rasero del Gobierno español ante el régimen bolivariano

La política exterior de un Estado no se mide solo por sus declaraciones solemnes, sino —sobre todo— por sus silencios, sus tiempos y sus prioridades. En el caso del Gobierno español y su relación con el régimen bolivariano de Nicolás Maduro, lo que emerge es un patrón inquietante de ambigüedad moral, oportunismo diplomático y un preocupante desprecio por la coherencia democrática.

Resulta especialmente llamativa la reacción inmediata del ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, tras conocerse la actuación de Estados Unidos contra el presidente venezolano. Con premura casi refleja, el ministro apeló al “respeto a la legalidad internacional” y se ofreció a ejercer de mediador entre las supuestas “partes” para buscar una salida negociada. ¿Entre qué partes? ¿Entre una dictadura consolidada y una ciudadanía sistemáticamente reprimida? ¿Entre un régimen que falsea elecciones y una oposición perseguida, encarcelada o forzada al exilio?

Ese súbito ardor negociador contrasta de forma clamorosa con el silencio —cuando no la tibieza cómplice— mantenido por el Gobierno español ante los hechos verdaderamente decisivos. No hubo la misma diligencia diplomática cuando el régimen de Maduro manipuló sin pudor los procesos electorales. No hubo ofrecimiento alguno de mediación cuando se laminó la voluntad popular. No hubo felicitación institucional a Corina Machado, símbolo del anhelo democrático de millones de venezolanos, ni un respaldo claro y sin ambages a quienes se juegan la libertad —y a veces la vida— por defender elecciones limpias.

Este doble rasero no puede explicarse únicamente por la prudencia diplomática.

Cada vez resulta más difícil ignorar la sombra de posibles intereses personales, económicos o políticos de determinadas personalidades españolas en Venezuela, intereses que, según diversas informaciones, habrían sido cuidadosamente protegidos bajo un manto de discreción oficial. Cuando la defensa de los derechos humanos queda subordinada a conveniencias privadas o afinidades ideológicas, la diplomacia deja de ser política de Estado para convertirse en simple coartada.

Más grave aún es el uso acrítico del término “bolivariano”, elevado a categoría moral cuando, en realidad, encubre una tradición autoritaria que poco tiene que ver con la libertad y mucho con el caudillismo.

Conviene recordar quién fue realmente Simón Bolívar en relación con España: no un libertador romántico, sino un traidor al orden legal de su tiempo, un golpista que contribuyó a la desmembración del Imperio español mediante la violencia, la ruptura institucional y alianzas oportunistas. La historia, además, es irónica: el propio Bolívar terminó renegando del proceso que había impulsado, desencantado ante el caos, el personalismo y la imposibilidad de construir repúblicas estables. Murió amargado, consciente de haber arado en el mar.

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conviene recordar quién fue realmente Simón Bolívar en relación con España: no un libertador romántico, sino un traidor al orden legal de su tiempo, un golpista que contribuyó a la desmembración del Imperio español

Invocar hoy el bolivarianismo como legitimación política no es solo un error histórico: es una falacia moral. El régimen de Maduro no es heredero de ningún ideal emancipador, sino de la peor tradición del despotismo latinoamericano, sostenido por la represión, la corrupción y el empobrecimiento deliberado de su pueblo.

España, con su historia, su peso cultural y su condición de democracia consolidada, debería estar inequívocamente del lado de la legalidad democrática, no de los equilibrios calculados ni de las mediaciones impostadas. Ofrecer “buenos oficios” solo cuando la presión internacional aprieta, pero callar cuando se pisotean las urnas, no es diplomacia responsable: es complicidad por omisión.

La política exterior española hacia Venezuela exige una rectificación profunda. Menos gestos para la galería internacional y más coherencia ética. Menos neutralidad fingida y más claridad democrática.

Porque en Venezuela no hay dos partes equivalentes: hay una dictadura y un pueblo que quiere ser libre.

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César Girón

César Girón es granadino, nacido y criado en el Paseo de los Tristes, a los pies de la Alhambra. Se licenció en Derecho en la Universidad de Granada, donde tiene previsto doctorarse en breve con la tesis Aspectos administrativos de una nueva organización territorial del estado de las autonomías.

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