Regionalismo

GRANADA Y LA ANDALUCÍA QUE NUNCA EXISTIÓ

LA AUTONOMÍA ANDALUZA HA SERVIDO PARA CONCENTRAR PODER Y RECURSOS EN SEVILLA, IMPONIENDO UNA IDENTIDAD…

César Girón

LA AUTONOMÍA ANDALUZA HA SERVIDO PARA CONCENTRAR PODER Y RECURSOS EN SEVILLA, IMPONIENDO UNA IDENTIDAD ANDALUZA ARTIFICIAL Y MARGINANDO A GRANADA Y A ANDALUCÍA ORIENTAL. LA CLASE POLÍTICA “CORTIJERA”, POR PERPETUAR UN MODELO DESIGUAL, HA CONDENADO A GRANADA A LA IRRELEVANCIA, LA POBREZA Y EL SILENCIO INSTITUCIONAL.

Desde 1980, con el estreno de la autonomía andaluza, Granada y toda Andalucía oriental han vivido un lento pero constante proceso de disolución política, cultural y económica dentro de un proyecto que, desde su origen, tuvo menos de plural y más de uniformador. El andalucismo institucional nacido al calor del poder sevillano —primero socialista, luego conservador, pero siempre cortijero— ha terminado construyendo una comunidad artificial en torno a un eje de poder que gira exclusivamente a la sombra de la Giralda.

Durante más de cuatro décadas, lo que se nos vendió como un ejercicio de autogobierno ha devenido en una centralización encubierta que ha hecho de Sevilla la capital no sólo administrativa, sino simbólica, mediática y emocional de toda Andalucía. Las decisiones, las inversiones, las infraestructuras, las sedes institucionales, las universidades de referencia y los centros culturales se concentran en un radio de cien kilómetros alrededor del Guadalquivir. El resto, especialmente las provincias orientales —Granada, Almería y Jaén— han sido tratadas como periferias de un supuesto proyecto común que nunca fue tal, sino la extensión de una sola identidad impuesta desde el poder.

los políticos —socialistas ayer, conservadores hoy— son los mismos en espíritu: gentes formadas o domesticadas al calor de los despachos sevillanos

Porque lo que se ha llamado “andalucismo político” no ha sido otra cosa que la invención de una Andalucía homogénea, alegre, folclórica y ganadera, una Andalucía “pastada”, literalmente, sobre los tópicos de una cultura inventada, simplificada y rentable. Un discurso sentimental que oculta, bajo un manto de palmas y sombreros de ala ancha, la miseria de una estructura de poder regional que apenas se ha renovado.

Los políticos —socialistas ayer, conservadores hoy— son los mismos en espíritu: gentes formadas o domesticadas al calor de los despachos sevillanos, convencidos de que el gobierno natural de Andalucía sólo puede ejercerse desde allí. Son los herederos de una visión paternalista y cortijera del poder, una raza de administradores del consenso y del presupuesto, incapaces de pensar en clave territorial y profundamente hostiles a cualquier diferencia que huela a pluralidad interna.

Granada, que fue faro intelectual, cuna de universidades ―la UGR aún resiste, pero…―, epicentro de comercio y cultura, ha sido condenada a una pobreza forzadamente alegre, a la resignación institucional y al silencio mediático. A cambio de su sometimiento, se le ha ofrecido una dosis constante de retórica identitaria vacía y algún que otro tren que nunca llega. Su decadencia no es casual: es el resultado de una planificación deliberada de irrelevancia, de un modelo que premia la obediencia y castiga la diferencia.

Granada se desvanece. La ciudad que fue capital de un reino y de una civilización singular sobrevive hoy como decorado turístico

La Andalucía que nunca existió

Esta Andalucía oficial —la de los fastos, los “días de Andalucía”, los símbolos creados ex profeso y las banderas multiplicadas hasta el absurdo— ha fabricado una historia común que nunca existió. Ha borrado la falsa Andalucía histórica —si se quiere, la Alta, la Baja, la Oriental, la de Granada que es sur y sureste pero no una Andalucía propiamente dicha como hoy quieren que la entendamos, porque nunca lo fue— para imponer una Andalucía de postal que se repite en los discursos institucionales y en las televisiones autonómicas con la insistencia de un eco hueco.

Y mientras tanto, Granada se desvanece. La ciudad que fue capital de un reino y de una civilización singular sobrevive hoy como decorado turístico, sin voz política ni peso económico. Las grandes decisiones se toman a 250 kilómetros, en una sede que actúa como corte y como filtro. Lo que queda en Granada es talento disperso, juventud que emigra y una sociedad civil que, entre la nostalgia y la indignación, apenas empieza a despertar.

Quizá haya llegado la hora de decirlo sin ambages: la autonomía andaluza, tal y como ha sido construida, ha fracasado para Granada y para toda Andalucía oriental. Ha sido un proyecto de concentración, no de descentralización; de propaganda, no de progreso; de uniformidad, no de justicia territorial.

nunca existió

Granada no necesita más banderas verdes y blancas ondeando al viento de una historia construida a golpe de mentiras y de talonario. Necesita dignidad política, autonomía real, voz propia. Y sobre todo, necesita dejar de creer en una Andalucía que nunca existió.

Granada no necesita más banderas verdes y blancas ondeando al viento. Necesita dignidad política, autonomía real, voz propia. Y… dejar de creer en una Andalucía que nunca existió.

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